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Ayuno de amor - 1a parte

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«El ayuno que a mí me agrada consiste en esto: [...] en que compartas tu pan con el hambriento y recibas en tu casa al pobre sin techo; en que vistas al que no tiene ropa y no dejes de socorrer a tus semejantes» (Isa. 58:6-7).

En un pequeño apartamento de una poblada ciudad, una mujer de ochenta y cuatro años pasaba la mayor parte de sus días trabajando silenciosa y discretamente, sin darse mérito alguno, en obras de amor y caridad. Su vida era el evangelio en acción.

Siempre se la podía ver, con la espalda un tanto encorvada y empujando trabajosamente una carretilla cargada de alimentos para llevar a personas necesitadas. Y los sábados por la tarde predicaba de puerta en puerta y visitaba a enfermos en los hospitales. Sé que la salvación no es por obras, pero cuando veo en la vida real gente así, como esta mujer, se despierta en mí el deseo de vivir para servir; el deseo de ser una cristiana de verdad, porque el servicio desinteresado a los demás fue la base de la teología que Jesucristo desarrolló en esta tierra.

Pero lejos de ser común encontrarse con mujeres como esta, lo más común es encontrarse con (y ser nosotras mismas) personas como las que se describen en Isaías 58. Nuestra vida religiosa está a menudo salpicada de cierto nivel de hipocresía. Creemos que podemos adoptar una serie de prácticas religiosas externas, como el ayuno, a la par que por dentro estamos desconectadas del ser humano que sufre, ignorando la verdadera esencia de la religión. ¿Cuál es la verdadera esencia de la religión? Está muy clara en la Biblia: «El Señor ya te ha dicho, oh hombre, en qué consiste lo bueno y qué es lo que él espera de ti: que hagas justicia, que seas fiel y leal y que obedezcas humildemente a tu Dios» (Miq. 6:8).

Si bien ayunar puede ser muestra de verdadera piedad si se hace por los motivos correctos, en realidad no significa nada si se hace solo para que los demás nos vean y crean que somos lo que no somos. Dios mira con agrado a las personas cuya profesión de fe las lleva a defender a quien sufre maltrato e injusticia, a ser fieles y leales a él y a no esconder el rostro del necesitado. Requiere valentía y sacrificio propio, pero esos son dones que nos da el Señor, si se los pedimos.

Febrero 04

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