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Ayuno de amor - 2a parte

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«¡Clama a voz en cuello, no te detengas, alza tu voz como una trompeta! ¡Anuncia a mi pueblo su rebelión ya la casa de Jacob su pecado!» (Isa. 58:1, RV95).

Dios, a través de su profeta, envió un mensaje al Israel de antaño que el Israel espiritual moderno necesita imperiosamente escuchar. Isaías 58 es para ti y para mí, porque pone el dedo precisamente donde más necesitamos trabajar la vivencia de la religión. Permíteme rescatar para ti los aspectos que me parecen más cruciales de este capítulo que es, todo él, un mensaje para nosotras hoy.

El ayuno que a Dios le agrada tiene varios aspectos fundamentales. El primero es que desatemos las ligaduras de impiedad (vers. 6). La impiedad es la falta de compasión y amor al prójimo, el desprecio, la hostilidad, la carencia de toda virtud cristiana. Esta se opone frontalmente a la religión. El propósito del verdadero ayuno es purificar los motivos de nuestra vida; acudir a Dios reconociendo nuestra dependencia de él para pedirle que nos haga vivir enteramente a su servicio. El propósito del ayuno que a Dios le agrada es que la piedad mueva los hilos de nuestra conducta.

El segundo es romper todo yugo (vers. 6), siendo el pecado el principal yugo del que Dios quiere liberarnos. La intolerancia, el maltrato físico o verbal, la actitud de superioridad, el decir a otros cómo vivir su vida cristiana de acuerdo a nuestros propios criterios, son yugos que imponemos a nuestros hermanos. Hemos de romper esos yugos con la ayuda del Señor.

El tercero es que compartas tu pan con el hambriento (vers. 7). «La verdadera religión es práctica. Sin lugar a dudas, incluye los ritos y las ceremonias de la iglesia, pero la presencia o la ausencia de la verdadera religión se manifiesta en la vida que se vive delante del prójimo. No se trata tanto de abstenerse de alimentos como de compartirlos» (Comentario bíblico adventista, t. 4, p. 344).

El cuarto es dejar de hacer mi voluntad en su día santo (vers. 13). Porque la esencia misma del pecado es mi egoísmo, mi deseo de prevalecer siempre y en todo. Pero lo que Dios quiere de mí es una obediencia completa; una actitud de: hago lo que indicas porque sé que tú, Señor, sabes mejor que yo lo que me conviene.

Gracias, Dios, por habernos dejado Isaías 58. Lo necesitamos, hoy más que nunca. Ayúdame a vivir la verdadera religión a la luz de ese pasaje. Amén.

Febrero 05

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