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Olor grato

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«Para Dios somos grato olor de Cristo entre los que se salvan y entre los que se pierden» (2 Corintios. 2:15, RV95).

¿Te gustan los perfumes? A mí me encantan. La palabra «perfume» viene del latín per que significa «por» y fumare, «a través del humo».

Su mismo nombre hace referencia a su origen: en los tiempos antiguos el perfume era la fragancia que desprendían ciertas plantas o sustancias naturales al ser quemadas. Era, pues, el humo, el que portaba la fragancia. Mucho tiempo ha pasado desde esos orígenes remotos del perfume, y hoy por hoy es un líquido que se usa sobre la piel de la persona (no en el espacio ambiental) para desprender buen olor.

Lo que está claro, bien se trate de la antigüedad o de hoy en día, es que el perfume es algo exterior. Gracias a las maravillas de la naturaleza que ha creado nuestro Dios podemos disponer de sustancias que nos hacen oler de tal manera que indica limpieza, pureza, refinamiento o buen gusto. Pero el «grato olor», «fragante aroma» (LBLA), «suave fragancia» (PDT), «perfume que da vida» (TLA) del cual nos habla la Biblia no es precisamente una sustancia material que usamos exteriormente. Pablo está hablando del conocimiento de Dios: «Gracias a Dios, que nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús, y que por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento, porque para Dios somos grato olor de Cristo entre los que se salvan y entre los que se pierden: para estos, ciertamente, olor de muerte para muerte, y para aquellos, olor de vida para vida» (2 Cor. 2:14-16, RV95). Cuando conocemos a Cristo y difundimos ese conocimiento a través de nuestras palabras y nuestras obras, estamos siendo realmente grato olor para Dios y para la humanidad. ¡Eso sí es perfumar de verdad el entorno!

No tiene nada de malo perfumarse por fuera, de hecho, lo recomiendo; pero el aroma que desprendemos gracias a las fragancias que compramos en las tiendas no tiene poder para transformar la vida de ningún otro ser humano. En cambio, el olor grato del conocimiento de Cristo, ese sí transforma vidas. Ese olor lo desprendemos, de adentro hacia fuera (gracias a la obra del Espíritu Santo en nuestro interior) a través de nuestras obras. Es el olor que despedimos cuando hemos permanecido en silencio y oración en la presencia de Dios; cuando hemos dedicado tiempo a leer su Palabra; cuando hemos tomado la decisión de ponerla en práctica en nuestra vida.

Febrero 13

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