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Una fe viva

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«Así pasa con la fe: por sí sola, es decir, si no se demuestra con hechos, es una cosa muerta» (Santiago. 2:17).

María tenía dos trabajos: era conserje en una academia de arte y camarera en una cafetería. Eso fue hasta que enfermo de cáncer y tuvo que dejar de trabajar. Una amiga comenzó a ayudarla dándole dinero y comida, y además llamándola frecuentemente para orar. María no era la única persona a la que esta mujer ayudaba; también estaba siempre pendiente de varios niños pobres. Tenía un gran corazón.

Pero un día, esta buena amiga no cobró la misma cantidad de salario de todos los meses, por lo que no pudo ayudar a las personas con las que se sentía comprometida; de hecho, ni siquiera le alcanzaba para sus propios gastos. Desanimada, le dijo a Dios: «No sé por qué me preocupo de la gente que sufre. Tanto hacer por ellos, para encontrarme con que ahora no tengo ni para mí». Con esa tristeza, se quedó dormida. Al día siguiente, recibió una carta: «Querida clienta; en el 2009 no tuvo usted ningún accidente de auto, por lo que le enviamos este cheque como recompensa. Su aseguradora».

Si a veces te desanimas porque lo que haces parece apenas una insignificancia en contraste con la necesidad que hay a tu alrededor, sigue adelante. Así es como se practica la fe. Porque «¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe, si sus hechos no lo demuestran? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe?» (Sant. 2:14). No, no puede. La fe que salva es la de la persona que está pendiente de las necesidades ajenas para ayudar allí donde sea posible, por insignificante que parezca el esfuerzo. Para la persona que recibe la ayuda, vale un mundo.

La fe que no se demuestra con hechos es apenas una convicción intelectual, pero no una transformación del carácter y de la vida. Y esa convicción intelectual, ¿de qué podrá servir? «Pues no son justos ante Dios los que solamente oyen la ley, sino los que la obedecen» (Rom. 2:13). Y «¿cuál es el mandamiento más importante de la ley?". “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente” —le respondió Jesús—. Este es el primero y el más importante de los mandamientos. El segundo se parece a este: “Ama a tu prójimo como a ti mismo"» (Mat. 22:36-39, NVI).

No te canses de amar a tu prójimo de todas las maneras posibles.

Febrero 18

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