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Inspectoras de la necesidad

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«La religión pura y sin mancha delante de Dios el Padre es esta: ayudar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones, y no mancharse con la maldad del mundo» (Santiago. 1:27).

Un domingo de mayo llamé a Ana, una conocida mía que estaba interesada en vender su casa. Decidí ofrecerle mis servicios para ayudarla en la venta, pero ella me dijo: --Patricia, no quiero tener que contratar los servicios de ningún agente inmobiliario. Si Dios quiere y es su voluntad, sé que me ayudará a vender mi casa sin necesidad de nadie más.

El tono de su voz me indicaba que algo no estaba bien.

-No se preocupe -le dije-, la entiendo perfectamente, pero ¿me permitiría ir a visitarla para orar con usted?

Por alguna razón, me sentí impulsada a manejar de noche más de una hora y bajo un enorme aguacero para ir a orar con Ana. Cuando llegué a su casa, abrí mi Biblia y compartí con ella Isaías 59: 19: «Vendrá el enemigo como río, mas el Espíritu de Jehová levantará bandera contra él» (RV60). Mientras yo hablaba un poco sobre el significado del pasaje, las lágrimas empezaron a correr por el rostro de Ana. Me contó su historia y sus problemas de salud. Oramos y nos despedimos.

Días después, Ana me expresó cuán bendecida se sentía. Dios le había enviado un mensaje a través de mí; por mi parte, yo también me sentía bendecida por la experiencia. Según Santiago 1: 27, la religión pura (que no es de formas sino de fondo; que no es de apariencias sino de verdad) tiene dos requisitos: ayudar y no mancharse con la maldad. Ahí donde este versículo dice «ayudar», otras versiones traducen «visitar». La palabra que aparece en el original griego es episképtomai, que significa literalmente «inspeccionar», «inspector». Y esa es la obra de la mujer cristiana: «inspeccionar» o «reconocer» una necesidad; «examinarla» para ver qué se puede hacer al respecto; y, por último, «ayudar», hacer algo.

La verdadera religión se reconoce porque las evidencias externas de lo que la persona es se corresponden con un corazón convertido. ¿Qué tal si, en nuestra vida, damos evidencias de estar convertidas practicando la «inspección», «visita» o «ayuda» a nuestro prójimo que sufre? Si así lo hacemos, estaremos poniendo en práctica la mitad de lo que constituye la religión pura. Y mientras ayudamos al prójimo, qué difícil es tener tiempo y cabeza para mancharnos con la maldad del mundo.

Febrero 19

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