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La moda que realmente cuenta

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«Te aconsejo que de mi compres oro refinado en el fuego, para que seas realmente rico; y que de mi compres ropa blanca para vestirte y cubrir tu vergonzosa desnudez» (Apocalipsis. 3:18).

Sarita y Sonia son dos mujeres fuera de lo común. Mientras que muchas estamos preocupadas por ir a la moda, por comprar ropa que nos favorezca y nos haga sentir bien con nosotras mismas, ellas han puesto su mira en adquirir ese tipo de ropa que el Señor nos recomienda: ropa blanca de pureza, fe, obediencia a Dios y servicio al prójimo.

Ellas dos predican en el autobús (y donde se les presente la ocasión). En una oportunidad llegaron a la casa de Arcelia, una mujer de cuarenta años que había sufrido un accidente de auto por causa del cual se encontraba convaleciente en una cama. Al oír los cantos religiosos de Sarita y Sonia, Arcelia sonreía; también valoraba las provisiones que le traían y, en especial, la Palabra de Dios que le compartían a través de estudios bíblicos. Para Arcelia, aquellas eran las dos mujeres más elegantes que hubiera conocido.

Esas son las vestiduras que merecen la pena: olvidarse de una misma y servir a los demás en la medida de nuestras posibilidades. Actuando así, Dios se encarga de cubrir nuestra desnudez. Reconozcámoslo: nos preocupamos demasiado por lo exterior, por ir a la moda y tener ropa bonita. Pero para la mujer cristiana, el principio ha de ser vestirnos «decentemente, que se adornen con modestia y sencillez, no con peinados exagerados, ni con oro, perlas o vestidos costosos» (1 Tim. 2:9). ¿Por qué? Muy sencillo: porque nuestro exterior no es más que un reflejo visible de la realidad de nuestra espiritualidad interior. La ropa que nos ponemos ha de ser pensada de tal modo que de testimonio de lo que hay en nuestro corazón.

«Revístanse ustedes del Señor Jesucristo, y no busquen satisfacer los malos deseos de la naturaleza humana» (Rom. 13:14). Ese es el consejo inspirado para nosotras hoy. No malgastemos nuestro tiempo, nuestro dinero y nuestras energías en alimentar la naturaleza de la vanidad o el egoísmo. Invirtamos siempre en revestirnos de Cristo, sabiendo que en eso radican la verdadera belleza y la elegancia de la mujer cristiana. Porque lo que cuenta no es lo temporal, sino lo eterno.

Lo importante no es llamar la atención hacia mí, sino hacia Cristo. No se trata de mí, se trata de las profundas verdades del evangelio.

Febrero 24

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