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Ser humilde

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«Al que es orgulloso se le humilla, pero al que es humilde se le honra» (Proverbios. 29:23).

Era un viernes por la noche cuando Ruperto decidió no hablar más, salvo para cosas sumamente importantes. Tomó esa extraña decisión porque ya no soportaba tener que lidiar con la gente. Para él, la gente solo le generaba problemas. Llegó a creer que todos eran menos que él, y atacaba con palabras groseras a las personas con las que se relacionaba. Ruperto era un hombre sumamente orgulloso. Y no es el único. Muchas almas están atrapadas en un mundo de enfermedad por causa del orgullo. Las personas orgullosas y egocéntricas todo lo quieren, todo lo saben, todo les pertenece; son perfectos en su propia opinión. En sus vidas, Jesús no tiene cabida.

La historia bíblica nos presenta a un hombre de ese estilo: orgulloso, egocéntrico y arrogante. No quería reverenciar al Dios del cielo y de la tierra, porque se veía a sí mismo como el único soberano digno de alabanza. Por todas estas razones, Nabucodonosor tuvo que sufrir la humillación de la que habla el libro de Proverbios: «Al que es orgulloso se le humilla, pero al que es humilde se le honra» (Prov. 29:23).

La orden divina fue ejecutada: «Su Majestad será separado de la gente y vivirá con los animales; comerá hierba, como los bueyes, y el rocío empapará su cuerpo. Así vivirá Su Majestad durante siete años, hasta que reconozca que el Dios altísimo tiene poder sobre todos los reinos humanos, y que es él quien pone como gobernante a quien él quiere» (Dan. 4:25). ¿Puedes imaginar a un reconocido rey, cuyo poder había sido admirado en todos los confines de la tierra, transformado en una bestia del monte: ¿Cómo es posible que alguien con tanta grandeza y dominio acabara así?

¿Cómo andas tú de orgullo, prepotencia, egocentrismo y suficiencia propia? ¿Crees que podría tu orgullo llevarte algún día a una situación parecida? Ojalá que no. Ojalá cada mañana recuerdes la importancia de someter el orgullo. Y que puedas recapacitar, como hizo el rey de Babilonia: «Por eso yo, Nabucodonosor, alabo, exalto y glorifico al Rey del cielo, porque siempre procede con rectitud y justicia, y es capaz de humillar a los soberbios» (Dan.4:37, NVI).

Porque «si alguien ha de gloriarse, que se gloríe en el Señor. Porque no es aprobado el que se recomienda a sí mismo sino aquel a quien recomienda el Señor» (2 Cor. 10:17-18, NVI).

Marzo 05

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