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Que no te pase a ti lo mismo

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«Jehová, hasta los cielos llega tu misericordia, y tu fidelidad alcanza hasta las nubes» (Salmo. 36:5, RV60).

Una joven estudiante de un colegio secundario adventista cursaba su quinto año; pronto estaría en la universidad. Soñaba con ser abogada, así que no veía el día de empezar a cumplir su sueño. Sus notas eran excelentes, al igual que su conducta. En el rostro reflejaba una mezcla de timidez, dulzura y gentileza. Pero su mejor cualidad era su lealtad a Dios. En su boca había declaraciones de amor y profundo respeto al Padre celestial.

Una vez terminados sus estudios de secundaria, al igual que sus compañeros emigró hacia otros horizontes. Pasados años, la joven estudiante de Derecho ya no iba nunca a la iglesia, pues tenía que estudiar; su rostro tampoco era el mismo lleno de dulzura. Parecía otra persona. Cuando le preguntaron por qué había dejado de ir a la iglesia, contestó: «Porque prefiero el perdón de Dios que el perdón de los hombres. Él sabe que no puedo ir a la iglesia ahora».

Qué concepto tan extraño del perdón, la misericordia y la fidelidad de Dios. Si somos nosotras quienes le fallamos, nos alejamos de él, dejamos de cumplir las indicaciones de su Palabra y damos la prioridad al estudio y la profesión sobre la vivencia de la fe, ¿qué clase de perdón es el que le estamos pidiendo: No, Dios no nos llama a alejarnos de él en nuestra rutina diaria creyendo que está bien, que no hay problema con eso pues no es tan importante como los estudios, el trabajo o la pareja. Dios no entiende que le demos la espalda mientras, simultáneamente, estamos contando con su perdón y dándolo por sentado como si de una varita mágica se tratara.

Lo que nos hace falta es una verdadera conversión, que nos ayude a establecer en nuestra vida el orden correcto de prioridades. Dice Elena G. de White: «Cuando el alma se impregne del amor divino y sea cautivada por los misterios celestiales. Cuando una persona comprenda estas cosas, su vida anterior le parecerá desagradable y odiosa» (Joyas de los testimonios, t. 1, p. 250). Creo que esa es la experiencia que vivirá algún día nuestra amiga de hoy. Se dará cuenta de que le faltaba impregnarse del amor divino y verse cautivada de los misterios de Dios; y comprenderá que las decisiones que tomaba en esas condiciones no eran las mejores.

Ojalá que sepamos establecer nuestras prioridades y no pasemos por la experiencia de esta estudiante.

Marzo 09

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