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Las obras que realmente perduran

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«He visto todas las obras de Dios, y que el hombre no puede conocer toda la obra que se hace debajo del sol. Por mucho que trabaje el hombre buscándola, no la hallará; y aunque diga el sabio que la conoce, no por eso podrá alcanzarla» (Ecleasiastés. 8:17, RV95).

Hombres del pasado y del presente han creado con sus manos imperfectas obras colosales para expresar su poderío y exhibir su «grandeza», como quien desea dejar huella en este planeta para siempre y que el mundo entero se maraville de sus proezas. Se habla, por ejemplo, de las así llamadas «siete maravillas del mundo antiguo». Pero de las siete maravillas del mundo antiguo, solo la Gran Pirámide de Guiza, en Egipto, permanece en pie; todas las demás, han desaparecido ya. Los Jardines Colgantes de Babilonia, que se encontraban en lo que hoy es Irak, fueron destruidos con la desaparición de la ciudad; el Templo de Artemisa, en la actual Turquía, fue destruido por un incendio en el 356 a. C; la famosa Estatua de Zeus en Olimpia fue demolida por órdenes de Teodosio II en el 426 d. C; el Mausoleo de Halicarnaso, juntamente con el Coloso de Rodas y el Faro de Alejandría quedaron en ruinas por causa de terremotos. Como ves, muy maravillosas pueden haber sido, pero apenas queda huella de ellas.

A pesar de todo, insistimos en crear y admirar monumentos humanos y, en ocasiones, olvidamos los divinos, como la naturaleza. Los monumentos humanos pueden durar muchos años como Guiza, en Egipto, pero no podrán perdurar para siempre. Las únicas obras eternas son aquellas que Dios ha creado para sus hijos. Los cimientos de esas obras no necesariamente son tangibles, sino espirituales, como la ley de Dios, que nunca perderá vigor mientras existan el cielo y la tierra (ver Mat. 5:18); el plan de salvación, que es eterno y para siempre (ver Isa. 45:17); o el amor divino, que «es eterno y su fidelidad no tiene fin» (Sal. 100:5).

Si existe algo perfecto e inmutable, que trasciende el tiempo, es obra de la mano de Dios. Por eso, «no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve, ya que las cosas que se ven son pasajeras, pero las que no se ven son eternas» (2 Cor. 4:18). Pongamos siempre nuestros ojos en la belleza y la perdurabilidad de las cosas eternas.

Marzo 29

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