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Oro puro

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«A esa parte que quede la haré pasar por el fuego; la purificaré como se purifica la plata, la afinaré como se afina el oro» (Zacarías. 13:9).

EI proceso por el que tiene que pasar el oro antes de llegar a ser el lingote que conocemos es arduo y complicado. Explicado por alguien que, por supuesto, no es experta en la materia, es más o menos así. Primero, se invierte dinero en obreros y maquinaria: perforadoras, dinamita, palas, neumáticos, carros de góndolas, aparatos para quebrar la piedra... Una vez que el oro ha sido extraído de la mina y quebrado, es introducido en máquinas con bolas de acero que lo trasforman en polvo. Después debe ser alimentado con agua por medio de un equipo especial; luego que se mezcla, pasa a los tanques y se le añade cianuro. Se envía a la planta de flotación, donde las celdas contenedoras permiten que se separen la tierra y la piedra molida que flota en la espuma. La espuma es luego enviada a fundición.

Se recolectan las espumas y se ubican en sacos de lona para compactarlas y solidificarlas por medio de la presión; luego se les quita la humedad y se colocan en los moldes, dentro de hornos, para su fundición. Utilizando químicos y electricidad, las placas se convierten en cristales de oro y plata, pasan a otros hornos eléctricos y son depositados en lingoteras o moldes, que giran alrededor del horno. Una vez completado ese proceso, los lingotes de oro están listos.

Job, uno de los hombres más probados de la Biblia, oro así: «Pruébame y saldré puro como el oro» (ver Job 23:10). El gran patriarca pudo entender, en su propia carne, que este proceso arduo, exhaustivo, costoso y minucioso de prueba que Dios mismo permite que experimentemos, nos refina como si fuéramos oro, es decir, produce en nosotros la santificación y la purificación de pensamientos, palabras y hechos.

Querida amiga, Dios está obrando en ti para refinarte, de tal manera que llegues a ser oro para su honra y gloria. Mientras dura el arduo y complicado proceso, no pierdas la calma. Permite a Dios obrar en ti, probarte como se prueba al oro. Porque «solo Cristo puede purificar el templo del alma. Pero no forzará la entrada. [...] “Él sujetará nuestras iniquidades, y echará en los profundos de la mar todos nuestros pecados”. Su presencia limpiará y santificará el alma» (El Deseado de todas las gentes, cap. 16, p. 138).

Abril 09

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