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¿Aún en Lodebar?

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«"¿Dónde está?", dijo el rey. "En Lodebar"» (2 Samuel. 9:4).

Lodebar: ciudad «sin pasto». Ese es el significado de esta palabra. Y allí, en Lodebar, en un lugar sin pasto (falto del verdor de la esperanza), se encontraba Mefi-boset. También él se sentía un poco desesperanzado: estaba lisiado de los pies y además, la caída en desgracia de su abuelo Saúl, que había sido rey, tampoco era una sombra fácil de sobrellevar. Por eso, en presencia de David, Mefi-boset dijo de sí mismo: «¿Quién es tu siervo, para que mires aun perro muerto como yo?» (2 Sam. 9:8, RV95).

Pero él no era un perro muerto; él sí era alguien: era el hijo de Jonatán quien, en vida, había sido el amigo fiel de David. David y Jonatán habían hecho un pacto de amistad y protección muchos años antes; Jonatán había pedido a su fiel amigo: «Nunca apartes tu misericordia de mi casa. Cuando Jehová haya eliminado uno por uno a los enemigos de David de la faz de la tierra, no dejes que el nombre de Jonatán sea quitado de la casa de David» (1 Sam. 20:15, RV95). David, ahora rey de Israel, quería honrar ese pacto. Buscaba si aún quedaba algún familiar de su amigo para llevarlo a vivir al palacio (ver 2 Sam. 9:1, 7).

Intenta imaginar a Mefi-boset: lisiado, aislado en una casa tal vez húmeda y oscura... cuando, de pronto, llegó Siba, siervo del rey. A Mefi-boset debió de parecerle un sueño. «¿El rey de Israel manda a buscarme a mí?», tal vez pensó. «¿Será que voy a salir por fin de Lodebar?» No solo salió de allí, dejando atrás un pasado oscuro, sino que a partir de entonces comió a la mesa real como uno más de los hijos del rey.

Y tú, ¿sabes que el Rey del universo te está mandando a llamar hoy? Te está diciendo: «He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo» (Apoc. 3: 20, RV60). Dios quiere llevarte bien lejos del lugar sin pasto en el que te encuentras; quiere sacarte de tu Lodebar personal para encaminarte a una Nueva Jerusalén, a una Tierra Nueva donde «ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron» (Apoc. 21: 4, RV60). No eres cualquiera, eres hija del Rey.

Abril 16

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