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Aunque...

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«Aunque la higuera no florezca ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo y los labrados no den mantenimiento, aunque las ovejas sean quitadas de la majada y no haya vacas en los corrales, con todo, yo me alegraré en Jehová, me gozaré en el Dios de mi salvación» (Habacuc. 3:17-18, RV95).

Con apenas cinco años allí estaba, de rodillas, suplicándole a su madre que no la castigara, que le diera una última oportunidad. La mamá, triste, le explicaba que ya le había dado muchas oportunidades, pero aun así, ella no había dejado de ser desobediente.

-Debo corregirte porque te amo, y es la manera de ayudarte a ser una persona íntegra y de principios.

«Aunque» la mamá le diera todas las explicaciones habidas y por haber, la niña se resistía con todas sus fuerzas a recibir el castigo. Corría de un lado a otro para situarse lejos de la vista de su mamá.

No solo los niños se resisten a las cosas que les resultan desagradables y se alejan lo máximo posible; en eso, los adultos somos los mayores especialistas. Huimos de todo aquello que nos reste comodidad, bienestar o felicidad. Por eso sorprende tanto este pasaje de Habacuc: «Aunque la higuera no florezca ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo y los labrados no den mantenimiento, aunque las ovejas sean quitadas de la majada y no haya vacas en los corrales, con todo, yo me alegraré en Jehová, me gozaré en el Dios de mi salvación» (Hab. 3:17-18, RV95). O lo que es lo mismo: «Sé que vienen días difíciles, una crisis como la que nunca hemos vivido, en que no dispondremos de los alimentos básicos para la supervivencia, pero aun así, yo seguiré gozándome en ti, porque en ti hallo lo que me importa de verdad, la salvación».

«Aunque», es decir, por mucho que haya impedimentos y por muy grandes que sean esos impedimentos, nada podrá evitar que me alegre en Dios. Mi alegría en él no depende de las circunstancias externas (de la prosperidad o bendiciones materiales que reciba o deje de recibir); mi gozo en él se basa en él, en su carácter. «Yo confío en tu amor; mi corazón se alegra porque tú me salvas» (Sal. 13:5).

Cómo es tu actitud cuando Dios te enseña las lecciones de la vida por medio de una crisis: ¿Puedes decir, como Miqueas, «pondré mi esperanza en Dios mi salvador»? (7:7).

Abril 26

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