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La justicia divina

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«Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No conviniste conmigo en un denario?» (Mateo. 20:13, RV95).

La parábola de los obreros de la viña fue pronunciada hace casi dos mil años y, sin embargo, tiene un mensaje vital para hoy. Todo comenzó con en una pregunta de Pedro a Jesús: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué pues tendremos?» (Mat. 19:27, RV95). Seguramente los discípulos esperaban recibir alguna compensación por el sacrificio que habían hecho al seguir al Mesías; Jesús les aclaró que por el hecho de haber sido los primeros, no debían esperar recibir más que los que lo aceptarían al final de los tiempos (tal vez la generación tuya y mía).

Por aquel entonces no existían empresas de trabajo temporal ni la gente enviaba currículos para encontrar empleo, sino que los propietarios salían a buscar obreros que trabajaran sus tierras durante la jornada. Eso hizo el propietario de la viña que protagoniza la parábola: salió a buscar obreros a diferentes horas del día. A los que contrató a primera hora, les ofreció el pago de un denario, es decir, el salario típico que se pagaba por una jornada de sol a sol. No hubo regateo: el pago era justo. A los demás, sin embargo, simplemente les ofreció un pago justo (Mat. 20:4-7).

Cuando llegó la hora de cobrar, el propietario empezó con los que habían llegado de último y les dio un denario; eso dio pie a los primeros en llegar a esperar que recibirían significativamente más. No fue así, y se sintieron con derecho a «murmurar» (Mat. 20:11). A todas luces, desde el punto de vista humano, aquella era una injusticia. Pero ese es precisamente el problema: el punto de vista humano es muy diferente al divino. Dios nos ofrece la salvación por su generosidad, por su gracia, por su amor sin límites; nada tiene que ver con lo que «merecemos» (si es que merecemos algo) por nuestros méritos. Y gracias a Dios que es así, porque si se tratara de méritos, ¿quién de nosotras estaría en condiciones de entrar en el cielo?

Calvino comentó que esta parábola ensalza la gracia de Dios y es obvio que así es. No tenemos derecho a reclamar nada al Señor ni a envidiarle nada a nadie por el hecho de que él no toma en cuenta nuestro título universitario, nuestros años de servicio en su obra, nuestro nivel económico o nuestro prestigio. Solo considera nuestra disposición a servirle y nuestra fidelidad. Y todos los que las tienen, recibirán lo acordado: la salvación.

Mayo 06

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