Regresar

La paz como un ministerio

Play/Pause Stop
«Bienaventurados los pacificadores, porque serán llamados hijos de Dios» (Mateo. 5:9, RV95).

A lo largo de la historia, ha habido diversos pacificadores en la escena política de las naciones. Personas como Nelson Mandela o Martin Luther King lograron mediar en conflictos tremendamente difíciles sin salirse ni un ápice de la no violencia y pensando siempre en las libertades de todos. Ese fue su don, su ministerio, y lo ejercieron con maestría. Pensar en ellos me lleva a preguntarme si a Jesús le hubieran dado el Nobel de la Paz en caso de que hubiera vivido en nuestra época. Quizás lo hubieran descalificado por una sola frase que dijo: «No crean que yo he venido a traer paz al mundo; no he venido a traer paz, sino guerra» (Mat. 10:34).

Él era el verdadero pacificador, pero sabía que su mensaje causaría división, y no esperes que sea diferente para ti hoy. Como cristianas que somos, hemos recibido el ministerio de la reconciliación, el llamado a ser pacificadoras allí donde haya un conflicto en el que podamos intervenir. Trabajar por la paz significa vivir de tal manera que elimine obstáculos entre las personas, que se oponga radicalmente a toda forma de opresión, violencia y burla, que valore la libertad del otro y se preocupe de que no se cometan injusticias en su presencia sin intentar al menos hacer algo por impedirlo.

¿Cómo andan los niveles de conflicto en tu entorno? ¿Tienes paz contigo misma? ¿Hay paz en tu hogar? ¿Hay buen entendimiento en tu lugar de trabajo? ¿Suavizas las tensiones que de vez en cuando se dan en la iglesia? Déjame decirte que ese es un ministerio que realmente vale la pena: ser una influencia a favor de la paz, movidas por el evangelio de Cristo. Eso sí, sabiendo que podemos cosechar incomprensión, oposición y sufrimiento. Eso mismo le pasó a Jesús: lejos de recibir un premio de la paz, lo que recibió fue una corona de espinas. Pero qué privilegio andar en las huellas del Príncipe de paz (ver Isa. 9:6) aunque eso pueda conllevar ciertos dolores inevitables.

Dice el profeta Isaías: «¡Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica salvación!» (52:7, RV95). Quisiera que esos fueran mis pies. Quisiera, en la medida de lo posible, estar en paz con todos y ayudar a todos a estar en paz entre ellos (ver Rom. 12:18).

Mayo 09

Matutina para Android