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La paz sea contigo

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«Por amor de mis hermanos y mis compañeros diré yo: "¡La paz sea contigo!"» (Sal. 122:8, RV95).

La palabra hebrea shalom era el saludo común en Oriente Próximo durante los tiempos bíblicos, y lo sigue siendo hoy. Esta es una palabra muy interesante, que normalmente se traduce como «paz» pero que significa también «salud», «prosperidad», «bienestar», «amistad»… Cuando una persona le dice a otra shalom, le está diciendo: «Amiga, que la paz de Dios sea contigo; que el Señor te conceda prosperidad, bienestar y salud». En definitiva, que puedas vivir completamente plena en Dios.

Creo que esta es una manera correcta de entender la paz: disfrutar en la vida de todo aquello que posibilita la armonía, la salud, el bienestar y el pleno desarrollo humano. Sin embargo, esta paz no siempre es posible, por más que la persona crea en Dios y esté en sintonía con él. Lamentablemente, nuestro mundo no es un mundo de paz, ni mucho menos. Se estima que ahora mismo hay activos varias decenas de conflictos bélicos en todo el planeta y, según Unicef, hay alrededor de 300,000 niños soldados combatiendo en ellos. Las divisiones internas de los países; las enemistades entre naciones; los propios conflictos que se libran dentro de una persona nos muestran claramente las consecuencias del pecado.

De la historia reciente recuerdo las imágenes televisivas de la guerra de Ruanda, en 1994. Ese conflicto, que fue en realidad un genocidio de la etnia tutsi, puso de relieve hasta dónde puede llegar el odio entre seres humanos. «El hombre es un lobo para el hombre», dice el proverbio latino, y es verdad. Los horrores a los que puede llegar la humanidad contra sí misma son espeluznantes.

Siendo que vivimos en un planeta en conflicto cabe esperar que, en algún momento de nuestra vida (si es que no lo ha hecho ya), el conflicto se presente también para nosotras. Si es así, Dios será nuestra fuerza y nuestro paño de lágrimas. Pero es fundamental que no seamos nosotras quienes sembremos discordias entre hermanos (ver Prov. 6:19). Que el Señor nos ayude a gestionar en la privacidad de nuestra casa todo sentimiento interno de envida, odio, celos, enojo, ira, intolerancia, prejuicio o incomprensión que se pueda despertar, Somos humanas y, como tal, no estamos libres de emociones y sentimientos negativos; pero tenemos un Dios dispuesto a ayudarnos a impedir que escalen, generen división y causen daños irreparables.

Shalom, querida amiga.

Mayo 16

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