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CELOSO DE JESÚS

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¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! […]. Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono [...] sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo Isaías 14:12-14.

Ahora bien, esto último suena como una gran idea: ser semejante al Altísimo. ¿Acaso no es eso lo que todos deberíamos ser: semejantes a Dios? Pero, Lucifer no deseaba ser semejante a Dios en bondad y amor; él deseaba el poder y la autoridad divinos.

Todo comenzó un día, yendo bien hacia atrás en el tiempo, antes de que hubiera cualquier persona alrededor. Sucedió, de todos los lugares posibles, en el cielo; justo delante del Trono de Dios. Fue una idea completamente nueva para este gran ángel Lucifer, “el hijo de la mañana”. Nunca en su vida había tenido tal pensamiento. Para ser exactos, estaba celoso de Jesús.

Nadie sabía exactamente qué eran los celos en aquel entonces. Ningún ángel en todo el cielo podía decir qué era ser envidioso o querer algo que no le pertenecía. Ni uno de toda aquella multitud brillante podía describir qué era estar enojado o triste con otro Ser.

Hoy sabemos qué son los celos. Hasta los animales los manifiestan. Toma dos perros, acaricia a uno y no al otro, y mira la reacción. ¡Cómo empuja, se acerca, gruñe y cruje solo para lograr ser acariciado! Pero, no era así en aquel entonces. Los ángeles siempre estaban felices y alegres.

 “¿Por qué debería arrodillarme y adorar a Jesús?”, masculló Lucifer para sí mismo. “Yo soy tan grande como él. Soy el ángel superior del cielo. Tengo a todos los ángeles bajo mi mando y hacen exactamente lo que les digo que hagan. Tengo la mejor ropa, más brillante que todos los ángeles. ¿Por qué no soy primero, adelante de Cristo?”

 Yo, yo, yo. Lucifer tenía un problema con el "yo”. Cuanto más pensaba en lo hermoso que era y en cuán grande era, tanto menos digno Jesús aparecía ante sus ojos hasta que, en efecto, odió a Jesús, odió su nombre, odió todo lo que tenía que ver con él. Su problema con el “yo” avanzó hasta que no pudo en absoluto ver la realidad muy claramente.

Cuando los pensamientos celosos aparecen en tu mente, pregúntate:

¿Por qué quiero ser mejor que esa persona? ¿Por qué quiera “serrucharle el piso"? ¿Por qué?

Luego, hazte unas pocas preguntas más:

¿Quién medio estos pensamientos? ¿Los obtuve de Jesús o de alguien que no entiende bien las cosas?

 

 


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