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“NO ME CASTIGUES CONCEDIÉNDOME LO QUE DESEO NI LO QUE PIDO".

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"Y no nos dejes caer en tentación, sino líbranos del maligno" (Mateo. 6:13).

TERESA DE ÁVILA

Davey quizá no haya sido un perro muy inteligente. Pero siempre estaba muy enfocado: le encantaba comer. Las galletitas eran como un milagro para él. Habría pagado cualquier cantidad de dinero por una galletita de canela, si tan solo hubiera tenido dinero.

Así que, en realidad no lo culpo por lo que sucedió el Día de la Madre. Papá le había comprado a mamá un paquete de trufas de chocolate y lo había dejado sobre la mesa del comedor, junto con los demás regalos. Davey lo vio, y se le hizo agua la boca, tanta agua como si fuera el río Misisipi.

No había nadie cerca. Olió la bolsa, y una dulzura rica y exótica le llenó la nariz. Tenía que probar una. Después, dos. Luego, tres. Pronto, todo el suelo a su alrededor estaba lleno de envoltorios.

En ese momento, papá entró en el comedor y Davey supo que estaba en graves problemas. Sin decir una palabra, Davey se fue a su escondite secreto debajo de la cama.

Papá se veía alterado; no solo porque Davey había arruinado el regalo de mamá, sino también porque el chocolate amargo era muy malo para Davey. Como a cualquier otro perro, le hacía daño.

Así que papá le dio peróxido de hidrógeno, y Davey comenzó a sentirse muy enfermo. Entonces, vomitó el regalo de mama sobre el piso limpio.

Los seres humanos nos parecemos a los perros en que, a veces, desesperadamente, queremos cosas que terminan provocando desastres. Dios trata de ayudarnos a evitar estas malas experiencias de tres maneras:

En primer lugar, nos da algunas instrucciones claras en la Biblia. En segundo lugar, nos aconseja por medio de personas sabias, como nuestros padres. Y en tercer lugar, a veces nos da impresiones directas de alejarnos del objeto de nuestro deseo antes de que explote en nuestra cara.

Dios siempre sabe lo que es mejor. Estaríamos mucho mejor si le preguntáramos qué quiere él en lugar de pensar solo en qué es lo que nosotros mismos deseamos. Un perro probablemente nunca podrá ser así de inteligente, pero quizá nosotros sí. Kim

 

Febrero 01

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