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Hernando de Soto

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Sobre todo, tienen que entender que ninguna profecía de la Escritura jamás surgió de la comprensión personal de los profetas ni por iniciativa humana. Al contrario, fue el Espíritu Santo quien impulsó a los profetas y ellos hablaron de parte de Dios. 2 Pedro 1:20, 21.

Hernando de Soto, desde la cubierta de su galeón español anclado cerca de lo que hoy se conoce como la Bahía de Tampa, en Florida, notaba cómo ascendían lentamente grandes columnas de humo negro.

-¡Indios! -les dijo a sus hombres-. Ya nos vieron y se preparan para la batalla. Pero no hay por qué temerles. No se atreverían a atacar a hombres montados y armados. No les haremos daño, siempre que nos sirvan de guías.

De Soto se equivocó. Los indios lucharon arduamente y se negaron a proveerles guías. Sin alguien que los guiara e hiciera de intérprete, sería materialmente imposible encontrar el oro que buscaban los españoles.

Un día, los exploradores se enfrentaron a un grupo de indios armados con arcos y flechas, y pintados para la batalla. Con excepción de uno, todos huyeron cuando los españoles atacaron.

-¡Esperen! -gritó en español-, ¡No me maten! Soy cristiano. -Sorprendidos por la escena, los españoles bajaron sus lanzas.

-¿Quién eres? -preguntaron-. ¿Cómo es que sabes castellano?

-Soy Juan Ortiz, de España -respondió el hombre que estaba pintado para la batalla igual que los Indios-. Hace doce años me capturó una tribu de indios muy crueles. Después de un tiempo, escapé y me adoptó otra tribu, que ha sido muy buena conmigo. Aunque me han tratado bien, ¡me siento feliz de ver a mis compatriotas nuevamente!

-¡Y nosotros estamos agradecidos por encontrarte a ti! -le respondió de Soto-, Puedes servirnos de guía e intérprete.

Hace mucho tiempo, Dios confrontó un problema similar al de Hernando de Soto. Satanás tenía el control de este mundo. Dios necesitaba hablar con los habitantes de este planeta y mostrarles su verdadero carácter. El problema era que la gente no entendía la voz de Dios. Ellos la escuchaban como el rugido de truenos. Así que Dios llamó a profetas como Moisés y Elíseo. Estos hombres escuchaban la voz de Dios tal como verdaderamente era y le contaban a la gente acerca de su santa voluntad. Ellos fueron como Juan Ortiz, los traductores de Dios.

Estos hombres escribieron el mensaje de Dios en un idioma que todo el mundo podía entender. El Antiguo Testamento fue escrito principalmente en hebreo. El Nuevo Testamento, en griego. Desde entonces, la Biblia se ha traducido a más de dos mil idiomas y dialectos.

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