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Vitus Bering

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Sé que el Señor siempre está conmigo. No seré sacudido, porque él está aquí a mi lado. Salmo 16:8.

Si te fijas en el globo terráqueo, verás que Estados Unidos y Asia están separados por un canal llamado el Estrecho de Bering. Cerca, se encuentra el Mar de Bering, que recibe su nombre -igual que el estrecho- en honor al explorador danés que descubrió Estados Unidos y reclamó Alaska para la reina Anna de Rusia.

Fue un gélido día de noviembre, después de navegar a la deriva en medio de una tormenta durante tres semanas, que un centinela del barco de Bering avistó tierra. De inmediato fue a ver al comandante de la nave, que yacía enfermo de escorbuto en su cabina.

¡Despierte, señor!- dijo el marinero moviendo suavemente al anciano capitán.

-¿Sí? ¿Qué deseas? -respondió, con una mueca de dolor, el capitán Bering, al voltearse para ver al marinero.

-Divisamos tierra, señor. Podría ser la península de Kamchatka. Por favor, señor, los hombres quieren echar anclas.

- No -susurró el enfermo débilmente- Debemos seguir adelante.

-Eso es imposible -interrumpió el primer oficial al entraren ese instante en la habitación del capitán-. La tormenta ha destruido nuestras velas y las sogas. Los hombres están enfermos y exhaustos. No podemos continuar ni un día más.

-Muy bien -cedió el comandante Bering con renuencia-. Echen anclas. Desafortunadamente, quedaron demasiado cerca de un arrecife. La marea arrastró al barco más allá del arrecife y el cable del ancla no resistió la tremenda presión. La nave fue arrojada a su destrucción contra la costa rocosa. Los hombres, al no poder seguir adelante, se vieron obligados a pasar el invierno en una isla árida. Construyeron refugios haciendo huecos en el suelo, y con la arena se protegían del frío inclemente. El comandante Vitus Bering murió en su cama de arena. ¡Cuán distinta sería la historia si el ancla hubiera resistido!

¿Qué me dices de tu ancla? ¿Tu fe se aferra firmemente a Jesús? Solo él garantiza tu seguridad frente a la tormenta de la vida, cuando suben las mareas amenazantes y se tensan demasiado los cables. Necesitamos el ancla de la fe cuando muere un ser querido. Debemos asirnos firmemente a Jesús cuando las dudas, los temores y las tentaciones parezcan arrastrarnos al naufragio. Él es nuestra única seguridad y esperanza.

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