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Luis Joliet

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¿Y cómo pueden creer en él si nunca han oído de él? Romanos 10:14.

Dos canoas hechas de corteza de abedul aguardaban en la playa del lago Michigan.

Un hombre joven y delgado, vestido con un tosco ropaje gris y una gorra de piel de mapache, se introdujo en la primera canoa. Colgaba de su mano una bolsa de cuero que contenía papel, plumas y carbón para hacer mapas y escribir sus informes. El nombre de este joven era Luis Joliet, comisionado por el gobernador Frontenac, de Canadá, para descubrir el gran río del que hablaban mucho los indios y que hoy conocemos como el río Misisipi.

La segunda canoa fue abordada por otro personaje vestido de túnica negra hasta los tobillos, propia de los misioneros jesuitas. En la cabeza llevaba un sombrero de fieltro, de ala ancha. Pendía de su mano una pequeña cruz de oro. Se trataba de Jacques Marquette, cuya misión era visitar a los indios del camino y enseñarles acerca de Dios.

El viaje de Marquette y Joliet los condujo a la orilla nórdica del lago Michigan, y de allí a la Bahía Green, donde entraron en la desembocadura del río Fox. Este río los llevó a la aldea de la pacífica tribu de los indios Mascouten.

-Hemos oído hablar de un río llamado Wisconsin -le dijo Joliet al jefe-. Esperamos que este nos conduzca al gran río Misisipi. ¿Nos podría ayudar?

-Sí -respondió el jefe de los Mascouten- Mandaré a algunos de mis hombres a que los guíen hasta el lugar.

Con la ayuda de los guías, siguieron el curso del río Wisconsin hasta llegar a un río ancho y turbulento.

-¡Lo hemos encontrado! -gritó Joliet agitando en el aire su gorro de piel de mapache-, ¡Hemos encontrado el gran Misisipi!

Imagínate cómo se sentirían los guías Mascouten en ese momento. Sin su ayuda, Marquette y Joliet podrían haber pasado años deambulando sin lograr su meta. Incluso, podrían haber muerto en el páramo.

Hay miles de personas que buscan otro gran río, el río de la vida. Ellos también necesitan un guía, puesto que no saben que Dios les puede dar la vida eterna. Si no reciben ayuda, seguramente perecerán.

Tú y yo podemos ser sus guías para conducirlos a Jesús. Qué hermoso sería escuchar a uno de ellos decir: "¡Lo he encontrado! ¡He encontrado el río de la vida! ¡He encontrado a Jesús!”

¿Estás dispuesto a ser esta clase de guía?

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