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Sieur de la salle

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El Señor es mi roca, mi fortaleza y mi salvador; mi Dios es mi roca, en quien encuentro protección. Él es mi escudo, el poder que me salva y mi lugar seguro. Salmo 18:2.

-¡Su majestad el joven, de pelo castaño oscuro, se quitó el sombrero emplumado y se inclinó ante el rey Luis XVI de Francia-. Le traigo buenas noticias sobre el naciente imperio del Nuevo Mundo. Cada día está más grande.

-Sé de Nueva Francia, colonia ubicada en la ribera del río San Lorenzo. ¿Existen más colonias? -preguntó ansiosamente el rey Luis.

El 9 de abril de 1682 llegué a la desembocadura del río Misisipi y reclamé todas las tierras bañadas por el río para Francia. Le puse el nombre de Luisiana a la nueva tierra en honor suyo.

El rey sonrió complacido.

¿Y cuán grande es esta nueva posesión?

Al escuchar la pregunta, La Salle sacó sus mapas que mostraban como posesiones de Francia la tierra que se extendía desde el Valle de San Lorenzo hasta el lago Erie y el lago Michigan, y desde el valle del Misisipi hasta el golfo de México.

-Con su venia, quisiera construir una serie de fuertes a lo largo del Misisipi -dijo La Salle-. Estos fuertes facilitarán a los colonos franceses el cultivo de las tierras fértiles de esta gran extensión y permitirán que los comerciantes hagan negocios con los indios.

-No solo te doy mi permiso -declaró Luis XVI también te daré mi bendición, junto con los fondos necesarios para equipar cuatro naves que lleven colonos a Luisiana.

¿Por qué estaba tan ansioso La Salle por construir fuertes en la tierra que había reclamado para Francia? Naturalmente, era para protegerlas de los indios hostiles, de los españoles y de los ingleses. Esas fortalezas se convirtieron en centros de comercio y refugio para los colonos franceses.

Dios es como un fuerte para los que en él confían. Es nuestra protección del enemigo, Satanás. Es un refugio al que podemos acudir en tiempos de tribulación o cuando nos sentimos asediados por el tentador.

Después de su combate con el gigante Goliat, David compuso un canto en el que llama a Dios su Fortaleza. Encontrarás esta pieza poética en el segundo libro de Samuel, capítulo 22, y en el salmo 18. Martín Lutero usó la misma idea para escribir un himno: "Castillo fuerte es nuestro Dios”; que ubicarás bajo el número 400 en el Nuevo Himnario Adventista (2009).

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