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Roald Amundsen

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Pero Dios mostró el gran amor que nos tiene al enviar a Cristo a morir por nosotros cuando todavía éramos pecadores. Romanos 5:8.

-Una aeronave italiana ha caído cerca del Polo Norte -anunció el periodista- Hay varios sobrevivientes. Pudieron enviar un mensaje por radio para precisar su posición. Se busca un piloto experimentado que vaya a las regiones árticas para intentar el rescate.

"No hay hombre más experimentado en el Ártico que yo -pensó Roald Amundsen, piloto de 56 años de edad-. Yo iré a rescatarlos”.

-¡No! -protestaron sus amigos-, ¡La empresa es sumamente riesgosa y, en lugar de rescatarlos, tú morirás!

-¿Acaso no fui el primer hombre que llegó al Polo Sur? -alegaba con ellos Amundsen-, Volé una nave por el Pasaje del Noroeste y pude sobrevivir al hielo y a las ventiscas. ¿No fui yo el que voló sobre el Polo Norte, de Europa a Estados Unidos? No se preocupen. Sé cómo conducirme en el Ártico.

Fue así como el famoso explorador noruego emprendió la peligrosa misión de rescate. Nunca más se supo de él. Varios meses más tarde, encontraron restos de su avión estrellado. Entregó su vida para salvar a un grupo de italianos desafortunados a quienes ni siquiera conocía.

¿Arriesgarías tu vida por alguien que no conoces? Tal vez lo harías por tu hijo o hija, padre o madre, por algún pariente cercano o, tal vez, por un buen amigo. Pero ¿lo harías por un desconocido?

Cristo Jesús lo hizo por nosotros. Éramos pecadores; sus enemigos. No tenía por qué abandonar las comodidades del cielo a fin de salvarnos. Pudo haberse quedado en la casa de su Padre sin arriesgar absolutamente nada. Aun así, todo lo puso en juego para venir a este planeta tenebroso y frío a salvarnos a ti y a mí.

Nuestro Salvador no solo entregó su vida en el Calvario; lo arriesgó todo, con tal de vivir entre nosotros asumiendo la naturaleza humana. Jesús pudo haber pecado; podría haberle hecho caso a Satanás. Pero ¡alabado sea Dios! ¡No lo hizo! Si Satanás hubiera logrado que Jesús pecara siquiera una sola vez, todo se habría perdido. Nosotros estaríamos condenados, y él habría sido desarraigado del cielo por toda la eternidad.

Estoy agradecido porque se arriesgó y triunfó. ¿Y tú?

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