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David Livingstone

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Yo te di la gloria aquí en la tierra, al terminar la obra que me encargaste. Juan 17:4.

El Dr. Livingstone estaba sentado en su pequeña choza en Ujiji, una aldea en el corazón de la selva africana. Desamparado, solo, sin víveres, medicina ni dinero, y enfermo, el pobre anciano se sentía totalmente deprimido. Parecía que junto con sus dos siervos fieles, Susi y Chuma, morirían de hambre.

De pronto, Susi entró corriendo a su habitación y exclamó:

-¡Un inglés, amo! ¡Ha llegado un hombre de Inglaterra!

Sin poder imaginar de quién se trataba, el anciano de cabellera plateada se incorporó con dificultad y caminó lentamente hacia la aldea. En pocos minutos se encontraron los dos hombres en el mercado, en medio de una multitud de nativos entusiasmados.

-Supongo que es el Dr. Livingstone -observó el extraño.

El viejo explorador misionero asintió con la cabeza y se quitó el sombrero, en señal de saludo.

-¡Doy gracias a Dios por haberlo encontrado! -le dijo el visitante, tomándole la mano para saludarlo. -

-¡Oh! -exclamó Livingstone mientras levantaba las cejas sorprendido-. ¿Me buscaba a mí?

-Sí, señor -le respondió el joven visitante-. El mundo entero se preocupa por usted. Cuando supimos que había desaparecido, el dueño del periódico de Nueva York me pidió que lo encontrara, y lo entrevistara a fin de escribir algunos artículos sobre sus exploraciones para su periódico. Soy Henry Stanley. Le traigo alimento y medicina.

Cuando el Dr. Livingstone recuperó su salud, los dos hombres organizaron una expedición en busca de la fuente del río Nilo.

-Acompáñeme a Zanzíbar -le rogó Stanley cuando tuvo que partir- Lo enviaré a Inglaterra para unas vacaciones muy merecidas. Así podrá regresar a su trabajo con ánimo renovado.

-No -movió la cabeza negativamente el Dr. Livingstone-, Si tomo unos días de vacaciones, nunca regresaría. Primero debo concluir mi tarea en este lugar.

Dios ocupa a hombres y mujeres tenaces y dedicados como David Livingstone; hombres y mujeres, jóvenes y señoritas que no se rindan hasta terminar la obra que han empezado. Necesita valientes que continúen con la tarea hasta terminarla. Necesita obreros que, como Jesucristo, puedan decir: "He acabado la obra que me diste que hiciese”.

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