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Anton Van Leeuwenhoek

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Pero fue a nosotros a quienes Dios reveló esas cosas por medio de su Espíritu. Pues su Espíritu investiga todo a fondo y nos muestra los secretos profundos de Dios. 1 Corintios 2:10.

Antón van Leeuwenhoek, de 66 años de edad, barría los pasillos del palacio municipal de Delft, Holanda, como era su costumbre, puesto que ya desde hacía más de cuarenta años realizaba ese trabajo. Tarareaba una canción mientras pensaba en sus microscopios. Desde su adolescencia tuvo la afición de bruñir el cristal para hacer elementos ópticos. Tenía una colección de varios cientos de lentes montados cuidadosamente en receptáculos de cobre, plata u oro, de forma rectangular. En ellos había lijado un sinfín de objetos como insectos, semillas, cabellos, fragmentos de carne, un ojo de buey, escamas de pescado y fibras de piel.

-Disculpe, señor -una voz profunda con acento extranjero interrumpió sus pensamientos-. Busco a Antón van Leeuwenhoek, bruñidor de cristales.

-A sus órdenes -respondió el anciano, mirando el rostro del extraño, un ruso alto, de cabello ondulado castaño oscuro y bigote encerado.

-Soy Pedro, el Zar de Rusia -explicó el visitante- He oído hablar de su microscopio.

Leeuwenhoek jugueteaba nerviosamente con el mango de la escoba. -¿Cómo supo usted de mi microscopio?

-Mi querido amigo -contestó el monarca-, los informes que ha mandado a la Academia de Ciencias de Londres y a la Academia Francesa de Ciencias en París le han dado fama mundial. ¿Podría mostrarme algo de su trabajo?

-Será un honor -respondió Leeuwenhoek, y condujo al Zar hada un cuartito en la parte trasera de su cabaña, donde guardaba sus lentes.

Colocando una gota de agua de lluvia debajo de un lente, permitió que el ilustre visitante observara la manera en que los pequeños organismos nacían, se movían, se alimentaban, se reproducían y morían. Fascinado por lo que vio, el gobernante de Rusia examinó el contenido de un lente tras otro. -¡Nunca imaginé que estas cosas existieran! -exclamó con asombro. Así es precisamente como me siento yo, en ocasiones, al leer la Biblia. De alguna manera, el Espíritu Santo magnifica la Palabra de Dios y me abre puertas a realidades que nunca hubiera imaginado. Mientras más la estudio, más atractiva se me hace la Biblia. Hay un universo entero de cosas emocionantes escondidas en la Palabra de Dios, que la mayoría de la gente nunca ha contemplado. Dale una mirada hoy. ¡No imaginas con qué sorpresas puedes encontrarte!

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