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Enrique Bessemer

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Pero ¿quién será capaz de soportar su venida? ¿Quién podrá mantenerse en pie y estar cara a cara con él cuando aparezca? Pues él será como un fuego abrasador que refina el metal o como un jabón fuerte que blanquea la ropa. Malaquías 3:2.

-¡Tu nuevo modelo de proyectil es magnífico! -le dijo Napoleón III, I emperador de Francia, al joven Enrique Bessemer- Me gusta su forma de giraren el aire, su alcance y el perfil del cañón. Hay solo un problema.

-Ya lo sé -anticipó Bessemer-, Mi nuevo proyectil necesita cañones de acero, y no de hierro. Los cañones de hierro son muy frágiles y revientan bajo la tremenda carga de pólvora que se necesita para impulsar los nuevos proyectiles. Lo que necesitamos hoy son cañones de acero.

-Exactamente -dijo Napoleón- Pero el acero es muy costoso.

-Entonces, encontraré una forma económica de hacerlo -aseguró Enrique Bessemer con determinación.

No tenía la menor idea de cómo hacer hierro o acero, pero se propuso aprender.

Muy pronto descubrió que el hierro era de lo más sencillo de producir. Se lograba al calentar el mineral de hierro en bruto con coque y cal. El producto terminado resultaba muy barato y duro, pero quebradizo, y se denominaba hierro colado.

Cuando se le agregaba más mineral a la mezcla, se quemaba el carbón del coque. El producto restante se conocía como hierro dulce. Era muy resistente, pero suave... y muy caro.

Para producir el acero, se tenía que hacer el hierro colado, luego el hierro dulce y añadirle otros ingredientes. Este proceso lo convertía en el más caro de los tres.

Enrique Bessemer descubrió que podía inyectar aire a presión en un horno lleno de metal bruto. Esto producía un fuerte ruido. Llamas y chispas saltaban por todas partes, llegaban hasta el lado superior del horno y dejaban atrás el metal líquido puro. Solo necesitaba que se le agregue una mezcla de ferro magnesio para convertirlo en acero de primera calidad. Pronto empezó a producir acero a 100 dólares la tonelada, más barato que cualquiera de los otros dos productos.

El profeta Malaquías debió haber pensado en un proceso semejante cuando dijo que Dios viene a nosotros como fuego purificador. Tú y yo (pueblo de Dios) estamos llenos de impurezas que nos impiden ser realmente útiles. Por amor, Dios permite que se nos presenten pruebas y dificultades, a fin de que seamos purificados en todos los aspectos de nuestro carácter. Nos permite pasar por el calor necesario para quemar la maldad y la rebelión de nuestros corazones. Piensa en cuán fuertes seremos cuando el Señor haya terminado su obra en nosotros.

Febrero 14

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