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Jorge Westinghouse, Hijo

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Pero nadie puede domar la lengua. Es maligna e incansable, llena de veneno mortal. Santiago 3:8.

Si el apóstol Santiago viviera en nuestro tecnificado mundo, probablemente escribiría más o menos así: "Podemos detener cualquier tipo de vehículo motorizado con solo pisar el freno. Pero no existe freno alguno para la lengua. ¡No se puede restituir el daño ocasionado por ella!"

En abril de 1869, Jorge Westinghouse hijo fue testigo de una demostración de la importancia de tener buenos frenos. Fue el día en que decidió probar los flamantes frenos de aire que había inventado para el Steubenville Accommodation, una formación de tren que consistía en una locomotora con cuatro coches de pasajeros, perteneciente a la compañía ferroviaria Panhandle Railroad, de Pittsburg, Pennsylvania.

Esa mañana, Jorge inspeccionó detenidamente por última vez los frenos que había inventado, ya colocados en el tren. Todo estaba perfecto. El superintendente Cari llegó con sus invitados. Jorge subió a bordo de la locomotora junto con el maquinista Daniel Tate.

-¡Muy bien! -dijo Jorge-. Estamos listos. ¡Vámonos!

Tate hizo sonar la campana, quitó los frenos y dio curso al acelerador. El tren tomó velocidad rápidamente. De pronto Jorge lanzó un grito de angustia. A unos cientos de metros de distancia, en dirección al tren, se hallaba detenida una carreta tirada por dos caballos. El granjero que la conducía trataba desesperadamente de mover a los caballos, pero los animales arrancaron bruscamente y derribaron al granjero frente al tren.

-¡Frenos! -gritó Jorge.

Tate movió la palanca del freno, haciéndola girar totalmente. Se escuchó un tremendo chirrido mientras las balatas de los frenos tomaban su posición. Finalmente se detuvo el tren a escasos centímetros del hombre caído.

-No hay duda de que tus frenos son maravillosos -dijo el superintendente Cari, y le dio una palmada en la espalda a Westinghouse.

Es fácil derribar verbalmente a las personas que se interponen en nuestro camino. Es muy fácil lastimar a los demás con nuestras palabras. Si tuviéramos un freno en nuestra lengua, ¡cuánto dolor y sufrimiento evitaríamos a nuestros semejantes!

Pídele a Dios en este momento que ponga freno a tu lengua. Con su poder, te puedes detener antes de pronunciar esas palabras crueles que hieren a tu prójimo. Te puedes detener antes de humillar y hundir a los demás. Te puedes detener antes de herir a un amigo o a un ser querido.

Febrero 19

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