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Guillermo Marconi

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Les responderé antes que me llamen. Cuando aún estén hablando de lo que necesiten, ¡me adelantaré y responderé a sus oraciones! Isaías 65:24.

En Villa Marconi, ubicada en un suburbio de Bolonia, Italia, reinaba la calma aquella noche. Todo estaba oscuro, excepto la tenue luz de una lámpara que brillaba en el tercer piso, donde Guillermo estudiaba sus apuntes y revisaba el equipo.

A un lado de la habitación estaba lo que él llamaba una “máquina excitadora”. Tenía la forma de un cilindro embobinado, con un alambre conectado a dos balines de chispa y una batería. Al oprimir el interruptor, una chispa azul estallaba entre los dos balines.

A diez metros de distancia se encontraba un instrumento que llamaba "cohesor”, construido con un tubo de vidrio y baterías, y estaba conectado a una campana por medio de alambres. Su meta era enviar una señal del "excitador" a través de diez metros de aire hasta el cohesor y hacer sonar la campana.

Marconi hizo los ajustes finales. Oprimió el interruptor con el dedo. De inmediato saltó la chispa entre los balines y se escuchó la campana. Con una amplia sonrisa en los labios, bajó las escaleras de puntillas lo más rápido que pudo hasta llegar a la recámara de su mamá. Allí la tocó suavemente en el hombro.

-¿Qué sucede? -preguntó la señora Marconi-, ¿Pasa algo malo?

-No, mamá -sonrió Guillermo-, ¡Algo anda muy bien! Acompáñame y te lo mostraré.

Sin decir una palabra, la mamá lo siguió al desván de la casa.

-Quédate aquí, y escucha -le dijo a su madre mientras se dirigía al otro lado de la habitación para oprimir el interruptor.

Se le desorbitaron los ojos de asombro a la señora Marconi cuando vio estallar la chispa y escuchó la campanilla.

-¿No es maravilloso, mamá? -preguntó Guillermo emocionadísimo- Si te fijas bien, no están unidos por alambres, ni uno solo. Algún día, ¡podré enviar mensajes alrededor del mundo!

Y efectivamente, su invento sirvió de base para el desarrollo de la radio. Por sofisticado que parezca el sistema de comunicación que utiliza la humanidad -por ejemplo, la telecomunicación vía satélite-, no es nada comparado con la red de comunicación del Cielo, que nos permite a ti y a mí enviar nuestros mensajes a través del espacio infinito hasta el Trono mismo de Dios. Antes de siquiera parpadear, Dios ya recibió nuestra oración. Es más, ¡nos escucha en el mismo momento en que hablamos con él!

Febrero 24

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