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Guillermo el Conquistador

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Yo soy el que vive. Estuve muerto, ¡pero mira! ¡Ahora estoy vivo por siempre y para siempre! Y tengo en mi poder las llaves de la muerte y de la tumba. Apocalipsis 1:18.

Era la mañana del 14 de octubre de 1066 cuando Guillermo, duque de Normandía, guio a su ejército al pie del monte Senlac, cerca de Hastings, Inglaterra. En la cima de la colina podía ver la bandera de Haroldo que ondeaba con el viento, desafiante.

A la señal de Guillermo sonaron los clarines, y los caballeros normandos atacaron la colina. En la cumbre, se enfrentaron con una sólida pared de escudos.

-Manténganse firmes y dejen que agoten sus energías los normandos -ordenó Haroldo.

Los normandos atacaron tres veces la colina y las tres veces fueron resistidos con una lluvia de flechas, lanzas, hachas, jabalinas y piedras. En las últimas horas de la tarde, hubo tiempo solo para un ataque más. Justo al llegar al flanco de escudos, una flecha inglesa hirió el caballo de Guillermo, quien cayó al suelo junto con el animal.

-¡El duque ha muerto! -gritó alguien-. ¡Todos huyan a los barcos!

Por unos instantes reinó el caos sobre la colina de Senlac. Los normandos tocaron la retirada y los franceses rompieron filas para perseguirlos.

En ese momento, Guillermo se quitó el yelmo para que todos pudieran ver su rostro. Rápidamente montó otro caballo y gritó:

-¡Véanme! ¡Estoy vivo! ¡Regresen a la batalla! ¡La victoria es nuestra! Los normandos reaccionaron al oír la voz de su comandante y esa noche la victoria fue suya.

La batalla de la colina Senlac me recuerda otra batalla librada en otro monte hace casi dos mil años. En el monte llamado "Calavera”, un grupo de hombres asustados vieron cómo su Comandante caía. Por un momento pensaron que todo estaba perdido. Oh, qué alegría experimentaron cuando supieron que estaba vivo. ¡Se les aseguró la victoria!

Repetidas veces tú y yo nos enfrentamos a nuestras propias colinas Senlac. La batalla es reñida y atemoriza pensar en los resultados. Los dardos de Satanás se dirigen rudos y tupidos hacia nosotros. Estamos exhaustos, dado que luchamos cuesta arriba. Puede ser que en algún momento pensemos que Dios ha muerto y que nuestra situación es desesperante. Es entonces cuando debemos mirar el rostro de Jesús y oírlo gritar:

-¡Véanme! ¡Soy yo! ¡Estoy vivo! ¡Regresen a la batalla! ¡La victoria es nuestra!

Marzo 13

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