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Eduardo III

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Y una voz dijo desde el cielo: "Tú eres mi Hijo muy amado y me das gran gozo”. Marcos 1:11.

El 26 de agosto de 1346, desde una colina cerca de Crecy, Francia, el rey Eduardo observaba cómo su hijo detenía la línea de avance de las fuerzas del rey Felipe. Vez tras vez los franceses se adelantaron, solo para tener que retroceder rechazados por la ferocidad de la defensa y la gran cantidad de flechas inglesas. Eduardo vio a un grupo de soldados ingleses penetrar las filas enemigas y entablar lucha cuerpo a cuerpo. Asintió con la cabeza cuando vio a un segundo batallón inglés entrar en ayuda de su hijo.

-¡Señor! Venga a rescatar al príncipe -le pidió un mensajero-, ¡Pareciera que todo está perdido! Urge que entre a la defensa con el batallón de reserva.

-¿Acaso ha muerto mi hijo? ¿Ha caído? -preguntó el rey.

-No, majestad -respondió el escudero-, pero la batalla es ardua y necesita su ayuda.

-Esta batalla le pertenece a mi hijo. No me vuelvan a importunar mientras él viva. Si es la voluntad de Dios, hoy mi hijo se distinguirá.

Animado por la respuesta de su padre, el Príncipe de Gales luchó hasta el anochecer. Las tropas francesas huyeron y la victoria fue de los ingleses.

El rey Eduardo y su batallón bajaron de la colina para unirse a los festejos. El monarca abrazó al Príncipe de Gales y le habló así:

-Eres un hijo digno. Hoy te has conducido noblemente. En verdad, estás preparado para dirigir un reino.

El príncipe se arrodilló frente a su padre, diciendo:

-¡Mi padre, mi rey, toda la gloria de esta batalla te pertenece!

Otro Rey observaba a su Hijo luchar contra el enemigo. El Príncipe Jesús tambaleó, y casi cayó en el Jardín del Getsemaní. En agonía, suplicó a su Padre que lo auxiliara, mientras Satanás alistaba a todas sus huestes para el ataque final contra el Hijo de Dios.

¿Te puedes imaginar a Gabriel, diciéndole a Dios?: ¡Te necesita! ¿Porqué no acudes a rescatarlo?

-¡No! -le responde el Rey-. Esta batalla le corresponde a mi Hijo. Hoy, conquistará su Reino.

Animado por el mensaje de su Padre, Jesús le hizo frente al Calvario, y a todo su significado. Cuando el cielo se oscureció aquel viernes de tarde, todas las huestes celestiales se regocijaron. Satanás había sido vencido. ¡Cristo había obtenido la victoria!

Febrero 16

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