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Enrique V

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Pero los que vivimos en la luz estemos lúcidos, protegidos por la armadura de la fe y el amor, y usemos, por casco, la confianza de nuestra salvación. 1 Tesalonicenses 5:8.

La batalla de Azincourt, en 1415, no lucía muy bien para el rey de Inglaterra. La mayoría de los soldados ingleses estaban débiles a causa de la enfermedad y las heridas sufridas en el combate. Ya no tenían suficientes tropas para seguir peleando. Sin embargo, el rey los dirigió a Calais, con la determinación de tomar por lo menos una ciudad francesa.

Los franceses, escondiendo o destruyendo toda la comida que encontraron a su paso, huyeron delante del disminuido ejército inglés. Como resultado, los soldados de Enrique no solo se vieron debilitados por la enfermedad, sino también por el hambre. De alguna manera sobrevivieron, alimentándose con moras y nueces que juntaban durante la marcha. Luego vinieron las lluvias torrenciales. Al día siguiente tendrían que pelear en medio del lodo.

No podían seguir avanzando en medio de la oscuridad y la lluvia. Solo quedaban dos opciones: pelear o rendirse. Enrique decidió pelear, aunque sabía que el enemigo lo aventajaba en número a razón de tres por uno.

-¡Que cada arquero corte una estaca de dos metros de longitud en el bosque, y le saque punta por los dos lados! -ordenó el rey-. Claven una extremidad en el barro, y la otra que quede en forma diagonal, apuntando hacia el enemigo, con la punta a la altura del pecho de los caballos.

Al día siguiente, los ingleses se quitaron los zapatos para poder afirmarse bien con los dedos en el barro, y se acomodaron detrás de la empalizada, en espera del combate. La batalla fue reñida, pero las estacas inglesas cumplieron su objetivo. Los franceses se vieron obligados a desmontar para luchar cuerpo a cuerpo.

De repente, un grito de terror se escuchó entre los ingleses:

-¡El rey Enrique ha caído!

Un hacha de combate había alcanzado el yelmo del rey y lo había derribado al instante. Después de un momento, el monarca inglés se reincorporó y volvió a la batalla. Al huir los franceses, todos los hombres rodearon al rey para ver la hendidura de su yelmo.

-¡Este yelmo me ha salvado la vida! -exclamó Enrique.

Hay un yelmo que también puede salvar tu vida. Satanás está siempre listo para blandir su hacha de guerra -la duda-, o su espada -la tentación-. Sin el yelmo, podrías perder la cabeza, y el cielo también. Por lo mismo, no permitas que en el apuro por salir en la mañana, olvides llevar la protección necesaria. En medio de la batalla, estarás contento de haber dedicado el tiempo necesario para cubrirte con el yelmo de la salvación.

Marzo 19

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