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Isabel I

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Pero si miras atentamente en la ley perfecta que te hace libre y la pones en práctica y no olvidas lo que escuchaste, entonces Dios te bendecirá por tu obediencia. Santiago 1:25.

Después del chubasco, los árboles y el pasto resplandecían a la luz del sol en el palacio de Greenwich. Las tremendas puertas dobles del palacio se abrieron e Isabel I, reina de Inglaterra, salló a la luz del sol. Vestía elegantemente, con un brocado de seda fina y un collar de encaje muy costoso, que sobresalía por detrás de sus hombros como un abanico abierto que realzaba la delicadeza de su cuello. Llevaba su cabello de color castaño claro en un peinado alto sobre la cabeza, a manera de corona.

El conde de Leicester, Walter Raleigh, y otros de sus cortesanos, la acompañaron en un hermoso paseo por el jardín. Al llegar a una leve depresión del terreno, donde la lluvia había formado un pequeño charco, la reina titubeó unos Instantes.

-Espere, su majestad -sugirió Walter Raleigh mientras se quitaba la capa afelpada y la extendía sobre el charco frente a los pies de la reina. Luego, tomándola de la mano, le ofreció:

-Permítame el honor de ayudarla a cruzar.

La reina, una mujer ya madura, miró con agradecimiento a los ojos del joven alto y apuesto, que medía cerca de dos metros de altura y tenía el cabello y la barba rizados, de color castaño. Apreciaba todo gesto que la hiciera sentirse joven y hermosa. En recompensa por su cortesía, aquella mañana Raleigh recibió varios trajes de regalo. Además, la reina lo condecoró como caballero, lo cual le permitió anteponer a su nombre el título de "Sir".

Al envejecer, la reina siempre trató de disimular las huellas de su edad. Usaba pelucas elaboradas, enormes gorgueras y vestidos adornados con muchas joyas, para distraer la atención de las arrugas de su rostro. Finalmente prohibió los espejos en su palacio, porque los espejos, a diferencia de los hombres jóvenes que la rodeaban, decían la verdad acerca de su apariencia.

¿Conoces alguna persona que se niegue a leer la Palabra de Dios por la misma razón? La Palabra de Dios dice la verdad acerca de ellos. La Ley de Dios, al igual que un espejo, los refleja tal como son. Revela sus pecados en toda su fealdad. ¿Qué hacen entonces? Se deshacen del "espejo", tratan de Imaginarse que la Ley de Dios no existe. ¿Podrá eso cambiar algo realmente? ¡Por supuesto que no!

La próxima vez que mires la Palabra de Dios y refleje algo feo en ti, no te deshagas del espejo. En lugar de eso, permite que Dios te haga hermoso.

Marzo 21

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