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Luis XIV

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En el hogar de mi Padre, hay lugar más que suficiente. Juan 14:2.

¿Te imaginas lo que sería construir una casa de más de 200 millones de dólares de valor? Es lo que Luis XIV, rey de Francia, gastó al construir su palacio en Versalles, a unos 20 kilómetros de París. El edificio mide cerca de 800 metros de longitud y tiene cientos de cuartos decorados en forma muy extravagante. El palacio está ubicado en el parque real, de 6.000 hectáreas engalanadas con prados, jardines ornamentales, lagos y secciones boscosas. Se necesitarían varios días para visitar toda la propiedad.

Miles de sirvientes cuidaban del palacio y atendían al rey Luis y a su familia. Por las tardes se encendían 10 mil velas para la cena, a la cual asistían cientos de personas vestidas con ropas de seda, terciopelo, oro y piedras preciosas. En una ocasión, el rey mismo se vistió para la cena con un traje negro bordado con oro y joyas con un valor que sobrepasaba los 50 mil dólares.

Era toda una ceremonia vestir al rey Luis XIV cada mañana. Un sirviente le quitaba la manga izquierda del camisón de dormir mientras otro le quitaba la manga derecha. Otro sirviente le sostenía la camisa real, mientras otro aguardaba con el pantalón real. Uno le ponía y abrochaba el zapato derecho, mientras otro se hacía cargo del zapato izquierdo.

Desde aquella época, nadie ha igualado la pompa y las ceremonias, la extravagancia y la grandiosidad de Luis XIV. Sin embargo, por hermoso que aún sea el palacio de Versalles, no se lo puede comparar en lo más mínimo con la ciudad de oro, la Nueva Jerusalén, la morada de Dios. Las magníficas recámaras del rey tendrían un aspecto andrajoso, comparadas con las mansiones que Cristo ha preparado para nosotros. Un banquete celebrado en el Salón de los Espejos del palacio de Versalles palidece, al compararlo con el banquete que Jesús prepara para nosotros. La mesa tendrá kilómetros de longitud, y se extenderá más allá del alcance de la vista.

Las paredes y los cimientos del palacio de Versalles, hechos de piedra y cemento, son impresionantes. Pero imagínate el espectáculo de los muros de la ciudad hechos de jaspe brillante, topacio, zafiro y esmeralda. Imagínate las puertas de perla sólida, que al abrirse dan acceso a calles de oro puro y transparente.

Imagínate a ti mismo caminando por esas calles. Jesús nos ha preparado todo esto y mucho más. ¡Imagínate el privilegio sublime de ver a Dios cara a cara!

Marzo 24

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