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María Antonieta

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¿Por qué, entonces, juzgas a otro creyente? ¿Por qué menosprecias a otro creyente? Recuerda que todos estaremos delante del tribunal de Dios. Romanos 14:10.

Una mujer frágil, arropada con vestidos negros y harapientos, se encontraba de pie ante el tribunal el 14 de octubre de 1793, escuchando el testimonio de 41 testigos que la acusaban de ser enemiga del pueblo francés.

-Ella andaba en festejos en el palacio de Versalles mientras que nosotros moríamos de hambre -decía uno.

-Vivía lujosamente, llevando la nación a la quiebra -argumentaba otro. María Antonieta soportó estas acusaciones durante veinte horas. Al fin escuchó la sentencia del juez: "¡Debe morir decapitada en la guillotina dentro de dos días!” No importaba que la mayoría de las acusaciones fueran falsas. Ella sabía que la mayoría de los testigos habían sido sobornados para hacer las acusaciones que el pueblo quería escuchar, aunque fueran falsas.

Daba la bienvenida a la muerte después de su prolongado encarcelamiento. Los últimos dos meses en el calabozo húmedo y frío le habían quitado todo el deseo de vivir que le restaba. El piso estaba cubierto de barro. Una mesita de madera de pino y una sola silla eran todos los muebles que había en su celda. Dormía en un bulto de paja sucia cubierta con una cobija raída.

Después de que el juez pronunció la sentencia, María Antonieta levantó la cabeza con dignidad y dijo:

-Era una reina, y me quitaron mi corona; una esposa, y mataron a mi esposo; una madre, y me privaron de mis hijos. Solo me queda la sangre de mis venas. Quítenmela también, pero no prolonguen más mi sufrimiento.

A la mañana siguiente, la que fuera reina de Francia -vestida con un manto blanco- subió a una carreta abierta tirada por un solo caballo, para ser paseada por las calles de París. Las multitudes gritaban y se burlaban mientras 30 mil soldados vigilaban la ruta.

Al llegar al patíbulo, se arrodilló unos momentos para orar. Luego cayó la cuchilla y la vida de María Antonieta terminó.

Tarde o temprano, todos compareceremos ante el tribunal de Cristo y tendremos que enfrentarnos al registro completo de nuestras vidas. Todos tendríamos que ser condenados, puesto que todos hemos pecado y somos indignos ante la gloria de Dios. Todos estamos ante la guillotina de la muerte eterna.

Pero ¡alabado sea el Señor!, ¡la cuchilla no tiene que caer sobre nosotros! Jesús murió para que pudiéramos ser liberados. ¡Él sufrió nuestro castigo! La vida eterna es nuestra, si la queremos aceptar.

Marzo 26

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