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UN ESPLENDOR REFULGENTE

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"Pero de ninguna cosa hago caso ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios" (Hechos 20:24).

Pablo invita a los ancianos de Éfeso a recorrer los 55 km de distancia hasta Mileto, a fin de compartir con ellos un discurso de despedida.

Es consciente de los peligros que lo esperan, incluso de muerte, pero no se escapa. Otra persona lo habría hecho; no él. Pablo va a luchar hasta el final, porque “los ganadores nunca se rinden y los que se rinden nunca ganan” (Vince Lombardi).

Pablo reconoce que su capital más valioso es el Señor. Como en la parábola de la perla preciosa (Mat. 13:45, 46), bien valía la pena vender todo para quedarse con el tesoro. Su vivir era Cristo, y Cristo era su vida. Pablo no solo quiere terminar su carrera, quiere hacerlo de manera victoriosa y gozosa. Su ministerio es propiedad del Señor, no le pertenece. Dios es el Dueño y el sueño de Pablo es responderle como fiel administrador. Él está listo para rendir cuentas.

Pablo se consideraba responsable por dar testimonio del evangelio y de la gracia de Dios, como fiel testigo tanto por medio de la vida que vivía como por el mensaje que predicaba. Es el heraldo que declara y predica un mensaje como representante del Rey. El testigo declara lo que vio suceder, pero el heraldo proclama lo que el rey le dice. Es comisionado y enviado con un mensaje; no es originador del mensaje, sino un transmisor.

Pablo se veía como un atalaya. Esta es una referencia al centinela en las murallas de Ezequiel 33:1 al 9. Su misión era estar despierto y alerta, listo para hacer sonar la alarma. Tenía que ser fiel porque la seguridad de muchos dependía de él.

“En la historia de aquellos que han obrado y sufrido por el nombre de Jesús, no hay ninguno que brille con un esplendor más puro y refulgente que el nombre de Pablo, el apóstol a los gentiles. El amor de Jesús, brillando en su corazón, lo hizo olvidarse de sí mismo y ser abnegado. Había visto al Cristo resucitado, y la imagen del Salvador se había impreso en su alma y brillaba en su vida. Con fe, valor y fortaleza, para no ser amedrentado por el peligro o retrasado por los obstáculos, anduvo de un país a otro difundiendo el conocimiento de la Cruz” (Elena de White, Dios nos cuida, p. 119).

Hoy la misión de la iglesia necesita obreros que brillen. Que tengan esplendor puro y refulgente. Que tengan el fuego y la pasión de Pablo.

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