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“Por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios” (Romanos 5:2).

En ocasión de una emergencia planteada en cierta ciudad, el Pr. Víctor Peto (un amigo, quien además era un gran hombre de Dios, y hoy descansa en la bendita esperanza) estaba conduciendo a un grupo para prestar un servicio en esa comunidad. En su recorrido, se cruzó con el mismísimo presidente de la Nación, le extendió la mano y le dijo quién era. El primer mandatario, sin soltar su mano, agradeció la labor con estas palabras: “Yo sabía que los adventistas estarían aquí, siempre son los primeros en llegar cuando la gente necesita ayuda”.

Un servicio desinteresado y bien realizado siempre abre puertas y facilita la entrada. Vivimos en una sociedad de puertas y corazones cerrados. Las fronteras tienen fuertes controles; hay barrios y condominios cerrados, con lugares más costosos de adquirir porque, en teoría, son más seguros. Hay llaves, tarjetas, dispositivos y huellas digitales que nos abren puertas.

Solo Pablo utiliza la palabra "entrada", tanto aquí como en Efesios. Otras versiones de la Biblia usan la palabra "acceso" o "presentación en la misma presencia de Dios". La fe nos abre la puerta para entrar en la gracia divina. No fuimos solos, fuimos llevados de la mano de Jesús.

Es como la entrada de un barco al puerto, donde las boyas flotantes marcan el canal de acceso. A veces, por causa del mal tiempo, están cubiertas por la marejada y el canal no es visible. Pero el práctico (operario naval encargado de asesorar al capitán en las maniobras de entrada y salida del puerto) conoce la profundidad y los escollos o rocas; sabe a qué velocidad encarar y cómo guiar la entrada segura al puerto deseado. Cristo es nuestro "practico", que lleva nuestra embarcación al puerto del Trono de Dios.

En algunos lugares solo es posible entrar con una ropa adecuada. Cristo nos vistió con el traje de su justicia, a fin de que podamos entrar donde no teníamos ningún mérito para ello. El pecado nos cerró la puerta y nos destituyó de la gloria de Dios. La gracia nos abre la puerta y nos lleva a la misma gloria de Dios.

El documento de acceso no es temporario, no tiene fecha de vencimiento y no está sujeto a visados especiales. El acceso es completo. No somos llevados a la cámara del Rey para tener una entrevista, sino para permanecer para siempre con él.

"El Señor nos anima a depositar ante él nuestras necesidades y perplejidades, nuestra gratitud y nuestro amor. Cada promesa es segura. Jesús es nuestra Garantía y Mediador, y ha colocado a nuestra disposición todos los recursos a fin de que podamos tener un carácter perfecto" (Elena de White, En los lugares celestiales, p. 20).

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