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AGRADAR PARA EDIFICAR

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“Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno, para edificación” (Romanos 15:2).

En Romanos 15, Pablo sigue con orientaciones prácticas. El apóstol motiva a los experimentados en la fe a que apoyen a los principiantes y débiles, porque la vida cristiana no es una búsqueda de la satisfacción propia. Es necesario pensar en el otro, aconsejar, orientar por precepto y por ejemplo a vivir en obediencia a Dios.

Pablo se muestra como un hombre que planifica, pero que somete sus planes a la voluntad divina. La planificación es humana, pero la realización viene del Señor. La voluntad de Dios se manifiesta claramente en la Escritura. Por eso, cuanto más leemos más comprendemos, y mejor conocemos la voluntad de Dios para nosotros. La paz plena solo es resultado de la presencia de Dios en la vida.

Agradar significa establecer una relación positiva, de paz, que haga sentir bien al otro; pero no es agradar por agradar en sí mismo. En el verdadero sentido de la expresión, agradar al otro significa dejar de insistir en derechos y deseos propios, y subordinarlos al bienestar del hermano, aun el débil o prejuiciado. Esta actitud tiene un propósito o intención: es para edificación; es decir, para beneficiarlo espiritualmente, y ayudarlo en su crecimiento y su madurez cristianos. Desde luego, Pablo no quiere decir que para agradar se deben rebajar los principios o la verdad.

Ciertos elementos son básicos para la edificación del organismo, tales como oxígeno, comida y ejercicio.

En el sentido espiritual, la oración es tan imprescindible como el oxígeno, porque “la oración es el aliento del alma. Es el secreto del poder espiritual” (Elena de White, Mensajes para los jóvenes, p. 176).

Además, todos los días necesitamos alimentarnos de manera adecuada. De una dieta equilibrada, obtenemos los nutrientes que mantienen una vida saludable; de igual manera, es indispensable un buen alimento espiritual diario. El estudio de la Biblia y de la Escuela Sabática, la lectura de la devoción matutina y los libros del Espíritu de Profecía constituyen el alimento diario imprescindible.

Si no ejercitamos el cuerpo, nos atrofiamos. De igual manera, si no hacemos ejercicio misionero, perderemos el vigor espiritual. Necesitamos madurar y crecer; salir del egoísmo del niño que quiere todo para sí, y vivir en fidelidad, en servicio a Dios y al prójimo.

Ora siempre, estudia la Palabra diariamente y practica el ejercicio misionero que salva a otros, y que nos salva a nosotros mismos.

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