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JUNTOS HACIA ARRIBA

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“Para que unánimes, a una voz, glorifiquéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 15:6).

Pablo nos desafía a ser unánimes; es decir, a tener una sola voz, un solo ánimo. La unidad tiene el propósito de conducirnos a la alabanza, la adoración y la misión. El resultado de vivir para agradarnos a nosotros mismos produce división y confrontación. Cuando actuamos hermanados por el amor de Dios, unidos por su sacrificio y comprometidos con su misión, lo glorificamos. Eso es lo mismo que enseñó Jesús en Juan 17 y que vivió la iglesia cristiana primitiva en Hechos 2.

El propósito de la unidad no somos nosotros; el Señor es el fundamento, el camino y la meta. No se trata de un agruparse para sentirnos cómodos, seguros y fuertes, sino para glorificar a Dios como fieles testigos, como Jesús lo dijo, para que el mundo conozca y crea.

La unidad es una aceptación mutua con un mismo sentir, objetivo y dirección. José Carreras, Plácido Domingo y Luciano Pavarotti disfrutaban de cantar juntos. “Nos concentramos totalmente en entregar el corazón a la música; no podemos ser rivales si hacemos música juntos”, declararon. No somos rivales si hacemos misión juntos.

Desde que Edmund Hillary conquistó la cumbre del Everest en 1953, unos doscientos montañistas han muerto en su intento de alcanzar la cima. “La práctica de escalar montañas no está hecha para los débiles de corazón" (John Maxwell). Entre 1920 y 1952, siete expediciones trataron de conquistar el Everest. Tenzing Norgay estuvo en seis de esas expediciones. En todas, fracasaron.

Sin embargo, en 1953, Tenzing se embarcó en su séptima expedición al Everest con un grupo británico. Por cada nivel que los escaladores alcanzaban, se necesitaría un grado más alto de unidad. Unos iban adelante, haciendo escalones y asegurando las cuerdas.

El 29 de mayo de 1953, Tenzing Norgay y Edmund Hillary lograron lo que nadie había alcanzado: ¡Pararse en la cima más alta del mundo! ¿Podrían haberlo hecho solos? No. ¿Sin la ayuda de un gran equipo? No. Tenzing lo explicó: “No se sube el Everest en soledad o competencia; se sube sin egoísmos y en unidad. A medida que el desafío crece, la necesidad de un trabajo en equipo aumenta. Esa es la ley del Monte Everest".

Nuestra conquista es el cielo; ciertamente, una cima mucho más elevada que la del Everest. Vivamos unánimes para glorificar a Dios y establecer su Reino. Vamos todos juntos, porque al igual que a la cumbre del Everest, no se llega solo, sino acompañados.

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