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UNA PROMESA IMPRESIONANTE

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“Así también ordenó el Señor a los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio” (1 Corintios 9:14).

Pablo retransmite el mandato del Señor: los que viven para predicar el evangelio han de ser sostenidos por el evangelio; es decir, por la iglesia.

¿Cómo se efectúa esto? Por medio de la devolución del diez por ciento de lo que cada miembro de iglesia recibe. Así, el diezmo se utiliza para el sostén del ministerio y el cumplimiento de la misión. No obstante, el tema central no es el dinero. El principio bíblico es reconocer que Dios es dueño de todo y, en gratitud, el creyente devuelve una parte a fin de que sea usada para su gloria.

De este modo, el diezmo no es solo para predicar por todo el mundo o para sostener el ministerio. Se trata de la responsabilidad personal de cada adorador de reconocer y administrar con fidelidad la vida y los recursos conforme a la voluntad de Dios.

El Señor espera nuestra consagración completa de lo que tenemos y somos. Quiere saber cuánto apreciamos sus bendiciones y cuánta gratitud sentimos por su misericordia. Él espera no solo nuestra fidelidad en la devolución de los diezmos, sino también nuestra generosidad en la entrega de las ofrendas.

“No solo deberíamos dedicar fielmente nuestros diezmos a Dios, quien los reclama como suyos, sino debiéramos además traer un tributo como ofrenda de gratitud. Llevemos a nuestro Creador, con corazones gozosos, los primeros frutos de todos sus generosos dones; lo más escogido de nuestras posesiones, nuestro mejor y más santo servicio” (Elena de White, La fe por la cual vivo, p. 247).

David pregunta: “¿Qué pagaré a Jehová por todos sus beneficios para conmigo?" (Sal. 116:32). Él mismo responde: “Ahora pagaré mis votos a Jehová delante de todo su pueblo" (116:14). Cuando devolvemos el diezmo a Dios, reconocemos que el Señor nos ha capacitado para adquirir todo lo que tenemos. Dios no necesita nuestro dinero, ya que él es el Dueño de todo el Universo (“Mía es la plata y mío es el oro", dice Dios en Hageo 2:8). Nosotros necesitamos entregar el diezmo como un acto de adoración y una actitud de confianza y fidelidad. La promesa de Malaquías 3:10 es impresionante: “Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa: Probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, a ver si no os abro las ventanas de los cielos y derramo sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde".

Prueba hoy a Dios. Esto no significa prosperidad laboral o económica garantizadas, pero sí bendiciones según su beneplácito hasta que sobreabunden. No sé cuáles son; solo sé que son muchas.

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