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GANAR Y GANAR

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“Por lo cual, siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos para ganar al mayor número" (1 Corintios 9:19).

En tan solo siete versículos, Pablo repite seis veces que él quiere ganar el máximo número de personas para el Reino de Dios. Por eso se ha "esclavizado” buscando la salvación de todos. Su salario y su recompensa son las personas. Él buscaba salvar la mayor cantidad de personas, porque en el fondo quería que todos se salvaran. Sin poner en riesgo los principios ni la doctrina bíblica, él se adaptaba a las costumbres, a la cultura, a la filosofía... Su único propósito al adaptarse era conducirlos al Salvador.

Por eso, trabajaba por los judíos que se creían salvos por la Ley y por los paganos que estaban sin Ley, Trabajaba por los débiles, por los que ignoraban, por los temerosos, por los intelectuales, por los ricos y por los pobres. No despertaba prejuicios, no los escandalizaba y no los provocaba, a fin de que, de todas maneras, al menos pudiera ganar a alguien.

Todo el mundo quiere ganar: el que practica un deporte, el que hace negocios, el que compra, el que vende, el que estudia, el que enseña, el que deposita un dinero, el banco que lo recibe, el que vende salud, el que vende seguros de salud. Todos quieren ganar y, mientras sea lícito, está perfecto. Sin embargo, cuando hablamos de ganar almas y cuando decimos que hay que ganar la mayor cantidad, algunos en la iglesia se ponen nerviosos.

Spurgeon decía: "Cada cristiano es un misionero o un impostor”. Elena de White lo expresó así: “La iglesia de Cristo en la Tierra se organizó con propósitos misioneros, y el Señor desea verla en su totalidad concibiendo maneras y medios para llevar el mensaje de verdad a los encumbrados y a los humildes, a los ricos y a los pobres" (Testimonios para la iglesia, t. 6, p. 37).

En diciembre de 2019 conocí en Cayambe, Ecuador, a Amparo Freire. Ella es una misionera voluntaria que, además de atender sus responsabilidades familiares y laborales, llevó al bautismo a 40 personas en 11 meses. Ella visita a las personas en sus casas, las ayuda, les da estudios bíblicos y las lleva a Jesús, a la iglesia, al bautismo y al discipulado misionero. ¡Qué notable!

Nuestro Salvador trabajó con esfuerzo incansable para buscar y salvar. Ningún sacrificio lo detuvo; y nos dice que “sus colaboradores deben trabajar como él trabajó, sin vacilar en la búsqueda de los caídos, sin considerar esfuerzo alguno como demasiado penoso, ni excesivo sacrificio alguno, con tal de que puedan ganar almas para Cristo” (Elena de White, Consejos para los maestros, p. 481).

¡Señor, cuenta conmigo ahora!

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