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EN MEMORIA DE ÉL

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“Asimismo tomó también la copa (...). Así, pues, todas las veces que comáis este pan y bebáis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga" (1 Corintios 11:26).

Corría enero de 1077. Enrique IV, con su esposa y su hijo, aún de corta edad, emprendieron el paso de los Alpes por el Monte Cenis, donde no existía ningún camino trazado. El descenso fue bajo la nieve y por los ventisqueros. Enrique tuvo que transportar a la emperatriz y a su hijo en un trineo hecho de pieles de vaca, a fuerza de brazos y cuerdas.

Enrique IV estuvo durante cuatro días con la cabeza descubierta y los pies descalzos en la nieve, ayunando e implorando misericordia y perdón, hasta que fue perdonado.

Sufrimientos y sacrificios: ¿será este el medio para alcanzar gracia y salvación? Pablo dice que el recibió del Señor lo que enseñaba. ¿Qué recibió? Él no estuvo presente cuando Jesús lavó los pies de los discípulos y tuvo la Santa Cena. Aun así, lo recibió por instrucción directa de Cristo. Tanto a los corintios como a los gálatas, él les dice que recibía revelaciones del Señor.

El apóstol Pablo menciona que la Santa Cena fue instituida por Jesús mismo, para recordarnos su encarnación y su sacrificio:

"Esto es mi cuerpo”, su crucifixión. “Es el nuevo pacto en mi sangre”, su muerte. "Haced esto", en su memoria. "En memoria de mí", su misión y su dedicación lo merecen.

Entonces, los tres grandes propósitos de la Cena son: recordar el sacrificio de Cristo, proclamar su muerte y preparar su regreso.

Así como la Pascua se celebraba para recordar la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto, la Cena del Señor es un recordativo de la liberación del pecado. Dice Elena de White: “El rito de la cena del Señor fue dado para conmemorar la gran liberación obrada como resultado de la muerte de Cristo. Este rito ha de celebrarse hasta que él venga por segunda vez con poder y gloria. Es el medio por el cual ha de mantenerse fresco en nuestra mente el recuerdo de su gran obra en nuestro favor" (Consejos para la iglesia, p. 541).

No es por nuestros méritos, ni por nuestros sacrificios o esfuerzos. No hay que andar “de rodillas en la nieve" para conmover el corazón del Padre. Al contrario, es nuestro corazón el que debe quedar conmovido, agradecido y comprometido, reconociendo el costo de nuestra salvación.

Es por mí que murió; es por el que puedo vivir.

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