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MUCHAS PARTES, UN SOLO CUERPO

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“Así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo” (1 Corintios 12:12).

La imagen de la iglesia más utilizada en el Nuevo Testamento, y la preferida de Pablo, es la del cuerpo humano. Nuestro cuerpo es una auténtica maravilla. Posee más de 50 billones de células, 21 órganos diferentes y 8 aparatos, o sistemas: el locomotor, el respiratorio, el digestivo, el excretor, el circulatorio, el endocrino, el nervioso y el reproductor.

El cuerpo humano es un organismo compuesto por muchos miembros, cada uno con su función indispensable. Todas estas partes, esenciales pero diferentes en forma, tamaño y funciones, se unen armoniosamente en un cuerpo bajo el mismo poder que las dirige: la cabeza.

Esta figura del cuerpo humano se aplica a la iglesia. Ella representa autoridad, unidad, diversidad y propósito. La autoridad del cuerpo y de la iglesia es la cabeza. Según Pablo, la cabeza es Cristo, de quien proceden las órdenes y los impulsos que coordinan y armonizan todo el cuerpo de fe.

La unidad de las partes es indispensable. Los miembros son las partes individuales, pero nadie tiene vida propia. La diversidad de la iglesia se pone de manifiesto en la variedad de dones y ministerios que el Señor ha repartido. Todos los miembros cumplen un rol. El propósito de cada feligrés no difiere del propósito del todo.

Más allá de la función diferente, desarrollan un propósito único. Ese propósito se evidencia en la capacidad para cumplir sus obligaciones, compartir todo y cuidarse los unos a los otros. Por ejemplo, el sistema circulatorio hace posible el transporte de la sangre, pero los glóbulos rojos son los que transportan el oxígeno. Esta interactuación nos muestra la indispensabilidad de la unidad y la diversidad para alcanzar el propósito final.

Pablo destaca el carácter de la iglesia como un organismo integrado por miembros llenos de vitalidad, cuya cabeza es Cristo, y el Espíritu Santo es quien articula esa unidad viviente. La meta es el crecimiento a la estatura de Cristo, al utilizar cada miembro su don recibido para mantener la vida y reproducirla en otro creyente.

“La iglesia del Dios viviente debería actuar como colaboradora de Jesús. Somos parte de su cuerpo místico, y él es la cabeza que controla todos sus miembros” (Elena de White, Recibiréis poder, p. 21).

Jesús todavía sigue soñando que seamos uno, según su oración de Juan 17. Quiere que estemos unidos y que el mundo nos conozca, para que el mundo crea.

Cumplamos hoy el sueño de Jesús.

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