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UN LLAMADO A LA FIDELIDAD

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“Así, pues, nosotros, como colaboradores suyos, os exhortamos también a que no recibáis en vano la gracia de Dios” (2 Corintios 6:1).

En 2 Corintios 6, el apóstol Pablo, como padre amoroso, hace un llamado a la fidelidad y apela a los corintios para que no reciban en vano la gracia de Dios. Por eso, les pide que sean íntegros, pacientes, soportando las aflicciones que vendrían a causa del evangelio.

Además, el apóstol hace un llamamiento especial: no casarse con los incrédulos, pues hay un riesgo enorme en unirse en matrimonio, hacer negocios o establecer alguna relación con quien no vive los principios establecidos por Dios.

Pablo no tiene prejuicios, pero sabe que en una relación nosotros influenciamos y también somos influenciados. Por eso, es muy sabio elegir a nuestras compañías, pues ellas pueden determinar el rumbo de nuestra vida.

La fidelidad es firmeza y constancia en los afectos, las ideas y el cumplimiento de los compromisos. Es la respuesta de fidelidad a la fidelidad de Dios, evidenciada en un compromiso inquebrantable.

La historia cuenta de los cuarenta mártires de Sebaste, en Armenia. Se trata de un grupo de soldados romanos de la XII legión cuyo martirio ocurrió en el año 320 d.C. Ellos fueron víctimas de la persecución de Licinio, un gran enemigo de los cristianos. Estos cuarenta soldados, que habían confesado abiertamente su condición cristiana, fueron condenados a permanecer desnudos durante la noche sobre una laguna helada. De pronto, uno cedió. Así, dejó el lago y a sus compañeros, y buscó los baños calientes preparados para posibles renunciantes.

Uno de los guardias vigilantes, impactado por la fidelidad y la paz de los soldados, aceptó a Cristo, dejó su puesto y se unió al grupo. Al amanecer, los cuerpos de los soldados que aún mostraban señales de vida fueron quemados; y sus cenizas, arrojadas a un río.

A lo largo de la historia siempre hubo fieles hijos de Dios, dispuestos a todo por la causa del evangelio.

"Cuando a causa de la malicia de Satanás, los siervos de Cristo fueron perseguidos e impedidas sus labores activas; cuando fueron echados en la cárcel, arrastrados al cadalso o la hoguera, fue para que la verdad pudiera ganar un mayor triunfo. Cuando estos fieles testigos sellaron su testimonio con su sangre, muchas almas, hasta entonces en duda e incertidumbre, se convencieron de la fe de Cristo, y valerosamente se decidieron por él. De las cenizas de los mártires brotó una abundante cosecha para Dios” (Elena de White, Los hechos de los apóstoles, p. 371).

¿Cuán dispuestos estamos a morir por Cristo? ¿Y a vivir por él?

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