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RELIGIOSOS EN ROPA DE TRABAJO

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“Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2 Corintios 7:1).

En 2 Corintios 7, el apóstol Pablo alienta a la iglesia a la pureza y al afecto. Reconoce que él mismo sufre tribulaciones, pero se siente confortado en las aflicciones. Pablo menciona dos factores que lo ayudaron a enfrentar las propias aflicciones: la llegada del amigo Tito y el afecto de la iglesia.

Pablo también demuestra satisfacción porque los corintios fueron gentiles y simpáticos con su amigo y colaborador Tito. El capítulo termina con hermosas palabras: “Me alegro porque, en todo, puedo confiar en ustedes”. La disposición del apóstol se destaca: a pesar de las pruebas, él ve todo con alegría, fortalece sus vínculos con los hermanos en le fe, confía en ellos y enfatiza una religión llevada a la práctica.

Cuando Jesús quiso resaltar este tema, contó la parábola del buen samaritano. Tanto el sacerdote como el levita, representantes de la clase “religiosa” conforme a las costumbres, llevaban en su muñeca o en su cuello colgando un pergamino de cuero con la esencia o lema de su religión: “Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. El problema es que no tenían este mensaje grabado en el corazón ni en la vida práctica. Extrañamente, un samaritano, que no tenía el cartel de religioso, fue el verdaderamente religioso.

Hagamos una simple aplicación de esta parábola adaptada a nuestros días. Una persona descendía de la capital a un barrio marginal, y en la salida de la ciudad cayó en manos de unos ladrones, los cuales lo despojaron de todo lo que tenía, e hiriéndolo, se fueron, y lo dejaron por muerto.

Poco tiempo después, pasó el dirigente de una respetada iglesia, pero no se detuvo; tenía urgentes asuntos teológicos que atender. En minutos, otro prestigioso religioso llega, mira de reojo y sigue su camino; asuntos administrativos y ceremoniales importantes lo aguardaban. Finalmente, se aproxima un hombre común, que no está vestido de religioso, no parece ser instruido ni disponer de recursos.

Pero él se detiene, se interesa, le brinda los primeros auxilios, pone a disposición lo que tiene a mano, lo lleva a un centro médico y paga los gastos de recuperación.

Necesitamos más religiosos en ropa de trabajo. La verdadera religión no se mide por cuánto conocemos de la Biblia o cuántas ceremonias practicamos. La verdadera religión se percibe en cuánto amamos y servimos a nuestro prójimo.

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