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TRISTEZA QUE NO ENTRISTECE

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“Ahora me gozo, no porque hayáis sido entristecidos, sino porque fuisteis entristecidos para arrepentimiento, porque habéis sido entristecidos según Dios” (2 Corintios 7:9).

Pablo les había escrito una carta muy dura, hecho que lo entristeció, no por haber hecho algo malo, sino por la ansiedad de saber si sería bien comprendida y alcanzaría su propósito. Esa carta también dejó tristes a los hermanos, pues les provocó pena y dolor.

Ahora bien, la tristeza de los hermanos produce alegría en el apóstol. ¿Cómo es esto? Es una tristeza que no entristece. Ese mensaje que los dejó tristes llegó al corazón. Así, fueron inducidos por Dios al reconocimiento y al arrepentimiento, y eso no solo alegró el corazón del apóstol sino también a los cielos. “La tristeza que proviene de Dios produce el arrepentimiento que lleva a la salvación, de la cual no hay que arrepentirse, mientras que la tristeza del mundo produce la muerte” (2 Cor. 7:10, NVI).

Esaú tuvo un corazón afligido, que no resultó en una vida cambiada. David reconoció su pecado y fue restaurado. Judas se llenó de remordimiento; no sintió dolor por sus pecados, sino por las consecuencias, y se suicidó. Sin embargo, Pedro lloro, se arrepintió de su caída y experimentó la verdadera conversión.

Entonces, la necesidad de arrepentimiento no es solo para los incrédulos. El creyente también necesita arrepentirse. Esto implica "cambiar de opinión", sentir dolor por el pecado y separase de él. Los creyentes desobedientes necesitan arrepentirse, no para ser salvos, sino para restaurar su comunión con Dios.

Afligir a los hermanos disgustaba a Pablo, pero se consolaba al saber que ese malestar era pasajero. Aun un llamado al arrepentimiento debe hacerse con humildad, a fin de restaurar y no condenar; con corazón de pastor y no con zarpazos de lobo.

La tristeza según el mundo es superficial; produce descontento, resentimiento, amargura, pérdida, dolor y muerte. La tristeza según Dios es profunda; causa perdón, paz, salud, ganancia, gozo y vida. Nos lleva al reconocimiento de que uno ha ofendido a Dios y al prójimo, a reparar la falta, reorientar la vida con el propósito de evitar la repetición, dando frutos dignos del arrepentimiento. Todo esto solo es posible por la gracia de Cristo y la obra del Espíritu Santo.

"Jesús no murió por nuestra justicia sino por nuestros pecados. No vino a salvarnos porque merecíamos, sino porque éramos indignos. No vino por algo bueno en nosotros, sino por su amor. Cuanto más procures producir emociones de arrepentimiento, tanto más fracasarás; pero, si con fe piensas en Jesús que muere por ti, nacerá el arrepentimiento” (Spurgeon).

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