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¿ESPINA O CIELO?

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“Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltara, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca” (2 Corintios 12:7).

Corinto era una ciudad con dos puertos. Tenía ochenta mil habitantes y era cosmopolita, comercial y rica. Todo pasaba por allí. Era la Nueva York de la época. En Corinto había pluralidad y sincretismo religioso. Abundaban los templos para decenas de dioses: Dionisio, Diana, Júpiter, Zeus y Afrodita o Venus, la diosa del amor.

En esta ciudad promiscua e inmoral, Dios implantó una iglesia. Esta tenía que invadir al mundo, pero estaba siendo invadida por el mundo. Sus graves pecados estaban entrando en la iglesia. Pablo quiere traer la iglesia plenamente a Cristo y su Palabra.

Así, él les cuenta una experiencia fenomenal. Declara que fue arrebatado hasta el tercer cielo, un lugar donde ningún hombre había estado. Luego, descendió desde allí hasta la Tierra sin soberbia y con humildad. El seguía teniendo un aguijón en la carne, una estaca puntiaguda, una espina o astilla. El atribuyó su espina a un mensajero de Satanás. El propósito del enemigo era molestarlo y estorbar su obra. El propósito de Cristo al permitir la aflicción era protegerlo del orgullo. El apóstol habla de cosas sublimes y del cielo, y a veces, nosotros queremos saber de qué se trataba la espina en su carne.

¿Cuál era la espina del apóstol? ¿Miopía, astigmatismo, algo más grave, como glaucoma? No sabemos exactamente. Sí sabemos que él clamó por sanidad, y el Señor le dijo: “Bástate mi gracia”.

La espina no le iba a impedir predicar. Él seguía preparando personas para el cielo. Muchos pasan por alto sus espinas y se deleitan en ver las ajenas, y exponerlas ante todos, incluso, en las redes sociales. En lugar de evangelizar con el Cielo, mundanizan con las espinas.

Pablo clama por remedio, pero Dios sabe que el mejor remedio es dejarle la espina, porque eso lo hará más fuerte y más dependiente. No hay lugar en Pablo para criticar; él tiene que predicar. No hay lugar para murmurar; él tiene que adorar. El Señor no le sacó la espina, pero lo llenó de su gracia.

En 1986, una tempestad hundió la embarcación de Edward Shiflett en el Golfo de México. Así y todo, él logró aferrarse a un material de flotación. Dos días después fue salvado por la guardia costera. Estaba tranquilo, recostado sobre su propia pierna ortopédica de madera. Él había perdido su pierna en un accidente automovilístico algunos años atrás. Siempre se refería a su pierna artificial como una desgracia, pero ahora se había transformado en su balsa salvavidas.

Permite hoy que el Señor se ocupe de tu espina. Mientras tanto, vive ocupado pregonando y preparándote para el cielo.

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