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FAMILIA REAL CELESTIAL

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“Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren alterar el evangelio de Cristo" (Gálatas 1:6, 7).

Pablo siempre se expresa con gozo y gratitud. Pero esta vez está sorprendido porque en poco tiempo algunos gálatas abandonaron la gracia y desertaron del evangelio, para aceptar a los falsos maestros. No se trataba aquí de una variante del evangelio, sino de algo diferente. Los dólares falsos no son dólares, aunque sean llamados dólares.

El evangelio los había liberado de la esclavitud del pecado, llevándoles paz, y ellos renuncian a tal bendición ¿para seguir a quiénes? ¿Para aceptar qué cosa? ¿Para seguir a los judaizantes e incorporar el legalismo? Los judaizantes admitían la gracia de Cristo, pero querían “mejorarla”.

En un comienzo, era solo un adicional de reglas, ritos y ceremonias. Pero, con el tiempo, lo añadido se transformó en lo único, minimizando el evangelio a una serie de reglamentos legalistas, que reducen la fe cristiana a los aspectos puramente formales de observancias y obligaciones eclesiásticas.

Nada precisa y nada puede ser agregado al evangelio; ya es perfecto, y no necesita mejoras. O Cristo y su gracia son suficientes o no lo son. No hay una vía intermedia. Ellos pretendían mejorar la gracia, elevando la Ley, y lo que consiguieron fue invalidar la gracia del Señor.

En enero de 2020, el mundo se vio sorprendido porque Meghan y Harry, los duques de Sussex, decidieron renunciar a la Familia Real británica. No pretendo hacer un análisis político, solo referirme al asombroso hecho. Tendrán sus razones, pero no deja de llamar la atención que alguien encuentre motivos para renunciar a su realeza y perder “millones” de beneficios, honras, reconocimientos, propiedades, recursos y tantas otras prerrogativas.

Sin embargo, a veces nosotros intentamos dar un paso al costado como miembros de la Familia Real celestial, para ser independientes y vivir por y para nosotros mismos. No hace falta ir a Inglaterra o a Galacia para encontrar a tantos que inexplicablemente renuncian a la realeza del evangelio y dejan de lado su membresía real, con todos sus honores y bendiciones.

Más difícil aún es que dejan la realeza para seguir la bajeza de pretender salvarse por la suma de sus méritos y obras. Bien lo decía Spurgeon: "El mayor enemigo de las almas es la egolatría, que hace que el hombre busque en sí mismo la salvación”.

Somos miembros de la Familia Real celestial. No perdamos nuestra filiación, porque ¿cómo podríamos responder a la pregunta de Pablo a los hebreos de adónde iremos si descuidamos una salvación tan grande (Heb. 2:3).

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