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ENTRE ESCILA Y CARIBDIS

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“Así que, hermanos, nosotros, como Isaac, somos hijos de la promesa" (Gálatas 4:28).

El origen del dicho “entre la espada y la pared”, cuyo significado está relacionado con una situación límite y sin salida aparente, tiene que ver con la esgrima y con la lucha de espadachines. Sin embargo, habría ido evolucionando a partir de una historia muy antigua relacionada con la mitología griega.

Así, debemos situarnos en el estrecho de Mesina, que separa Italia de Grecia. Cuenta la leyenda que en ese punto considerado históricamente como muy peligroso para la navegación, habitaban dos monstruos (Escila y Caribdis), uno a cada lado del estrecho. Escila era un monstruo de siete cabezas. Por su parte, Caribdis tragaba enormes cantidades de agua, con lo que generaba inmensos remolinos en el mar que causaban estragos entre los navegantes.

Los barcos trataban de evitarlos alejándose lo máximo posible de uno y de otro. Pero los extremos del estrecho estaban tan cercanos entre sí que no podían evitar pasar muy cerca de ambos. Esta situación dio lugar a que se empezase a utilizar la frase “Entre Escila y Caribdis”, que luego fue mutando hasta llegar a la que conocemos actualmente: “Entre la espada y la pared”.

Algunos cristianos, deleitados por lo que Jesús hizo en el Calvario por nuestra salvación, se cruzan de brazos diciendo que no hay nada que podamos hacer. Solamente debemos creer. Razonan bien, ya que no podemos salvarnos por nosotros mismos. Y así llegan a convertirse nada más que en espectadores, reclamando la salvación, pero nunca llegando a ser participantes. Así que, al tratar de evitar el monstruo de la salvación por las obras, son conducidos al remolino de la desobediencia.

Por otro lado, hay cristianos que no han captado lo que Jesús ha hecho por ellos y lo adecuado de su sacrificio en la Cruz. Piensan que, de alguna manera, deben ganar la salvación. Hacen obras esperando que Dios de alguna manera se convenza de su sinceridad y finalmente los salve.

Isaac fue el hijo de la promesa de Dios y de la fe de Abraham, pues creyó en las promesas de Dios cuando su cumplimiento parecía humanamente imposible. Esa fe lleva a una conducta dependiente y una experiencia obediente. La actitud de Abraham de estar dispuesto a dar a su hijo para ser sacrificado “nos enseña la gran lección de confiar en los requerimientos de Dios, por severos y crueles que parezcan” (Elena de White, Conducción del niño, p. 209).

Cuidado con los peligrosos extremos de pretender salvarnos por nosotros mismos o pensar que nada tenemos que hacer. No obedecemos para salvarnos, sino porque somos salvos. El hijo de la promesa es un hijo de fe que obedece por amor.

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