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OVEJA Y PALOMA VERSUS CERDO Y CUERVO

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“Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne, porque el deseo de la carne es contra el Espíritu y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisierais” (Gálatas 5:16, 17).

El deseo de la carne es uno, y el deseo del Espíritu es otro. Son opuestos.

Pablo dice que es una lucha; que él quiere hacer una cosa, pero hace otra diferente de lo que en principio quería. Las siguientes ilustraciones pueden ayudar a entender mejor.

La oveja es un animal limpio, y si se cae en el barro se siente incómoda, molesta, y busca salir de él. Por su parte, si el cerdo cae en el barro, nada le incomoda, siente placer y se revuelca en la suciedad. Al cerdo le dicen “marrano" y “puerco", que son todas connotaciones negativas frecuentemente trasladadas a la conducta humana. Informes científicos afirman que los cerdos no tienen glándulas sudoríparas que regulen la temperatura corporal, y por eso controlan su temperatura bañándose en el barro o en el agua.

Pensemos ahora en la paloma y el cuervo. Cuando cesó la lluvia del Diluvio y el arca reposó, Noé envió un cuervo, que nunca regresó. El cuervo encontró mucha comida, ya que se alimenta de lombrices, gusanos, arañas, sapos, ranas, ratones, ratas y carroña; es decir, todo tipo de animales muertos.

En cambio, cuando envió la paloma, un animal limpio, esta regresó. Sin embargo, cuando fue enviada por última vez, no regresó, y así Noé supo que la paloma había encontrado un lugar limpio para asentarse y que las aguas habían bajado.

Nuestra naturaleza carnal es como el cerdo y el cuervo, que siempre buscan lo sucio. Nuestra nueva naturaleza, espiritual, es como la oveja y la paloma, que desean lo limpio y lo santo. Es una lucha continua dentro del creyente, y será vencedora, en definitiva, la naturaleza que mejor alimentemos.

Cuidado con alimentar la naturaleza pecaminosa, que nos arrastra en la suciedad de esta Tierra. Alimentemos la naturaleza espiritual, que nos eleva a la limpieza y la santidad del cielo. Elena de White nos dice que estamos tan aturdidos escuchando los ruidos del mundo que no tenemos tiempo de escuchar el lenguaje del Espíritu, orando, estudiando la Biblia y sirviendo al prójimo. “Las cosas de la eternidad se convierten en secundarias y las cosas del mundo en supremas. Es imposible que la simiente de la Palabra produzca fruto; pues la vida del alma se emplea en alimentar las espinas de la mundanalidad” (Palabras de vida del gran Maestro, p. 32).

No nos alimentemos de la suciedad de este mundo. Andemos en el Espíritu, reavivados por su Palabra, viviendo como ovejas y palomas.

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