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AFUERA TRES, ADENTRO UNO

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“Siempre en todas mis oraciones ruego con gozo por todos vosotros" (Filipenses 1:4).

Pablo escribió Filipenses en el año 62 d.C., cuando estaba como prisionero en Roma. Y, desde esa horrible situación, menciona en esta carta (de 104 versículos) por lo menos 19 veces las palabras “gozo” o “regocijo”. ¿Cómo puede regocijarse una persona que está injustamente presa? Con un juicio que se avecinaba, sin indicios de que alguien lo defendiera, el riesgo de ser degollado era factible. Si bien tenía cierta comodidad, por estar preso en una casa alquilada, era una comodidad relativa, pues al mismo tiempo estaba sujetado por cadenas a un soldado.

Sin embargo, a pesar del peligro y la incomodidad, Pablo sobreabundaba en gozo. ¿Qué motivos tenía para tener gozo? La respuesta es la palabra "sentir”, que Pablo usa unas 8 veces, y también otras 6 palabras distintas que indican el uso de la mente (ciencia, conocimiento, ánimo, estimar, pensamiento y pensar). El gozo, entonces, es lo que se siente, lo que se piensa y como se reacciona frente a la vida. No es autoayuda, que se convence de que todo va a “salir bien”. No. Pablo muestra que quien tiene plenamente a Cristo tiene un sentir, un pensar, una actitud y una respuesta diferentes. Que no depende de las circunstancias para sentirse bien,

Por eso, en la Biblia, el regocijo es contentamiento, satisfacción, alegría, paz, serenidad, fe y esperanza. El gozo puro es el gozo en Dios como su fuente y objeto. Dios es el Dios del gozo y el gozo del Señor es fortaleza porque en su presencia hay plenitud de gozo (Sal. 16:11).

El gozo es un don divino: es la respuesta del alma al evangelio y es un fruto del Espíritu (Gál. 5:22). Como don de Dios, el mundo no conoce el gozo; por eso, el creyente puede regocijarse aun en aflicciones y sufrimientos. Como dijo D. M. Edwards, “el gozo no es alegría sin oscuridad, sino la victoria de la fe”.

A un creyente que se lo veía siempre gozoso, le preguntaron qué razón tendría para estar así, y él respondió: “Afuera tres, adentro uno”. ¿Cómo lo explicaba? Afuera el pecado, porque la sangre de Jesucristo nos limpia. Afuera la ansiedad, porque Dios tiene cuidado de nosotros. Afuera la muerte, porque Dios promete la resurrección. ¿Y adentro? Dios, por supuesto.

"Jesús vivió, sufrió y murió para redimirnos. Se hizo ‘Varón de dolores' para que nosotros fuésemos hechos participantes del gozo eterno" (Elena de White, El camino a Cristo, p. 13).

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