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LA GLORIA DE PABLO

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“Pues ¿cuál es nuestra esperanza, gozo o corona de que me gloríe? ¿No lo sois vosotros, delante de nuestro Señor Jesucristo, en su venida? Vosotros sois nuestra gloria y gozo” (1 Tesalonicenses 2:19, 20).

La gran esperanza de Pablo era encontrarse con los salvos de todos los tiempos y compartir la eternidad. Su corazón estaba lleno de esta esperanza. Se gozaba en esos creyentes con los que soñaba con presentar ante el Señor en el día final, cual tesoros rescatados de la guerra del pecado. Esos fieles ante el Trono y ante el Rey serían su gloria.

Un detalle que no es menor potencia esta historia. La alegría de Pablo y la de Cristo se encuentran. Isaías 53:11 dice que un día Jesús verá el fruto de la aflicción de su alma y quedará satisfecho. Tanto el Pan de vida como el distribuidor del pan se realizan en la salvación de las personas.

Este deseo del apóstol de visitar a sus conversos fortalecía su fe y su compromiso con la verdad, y le daba más valor para enfrentar la persecución. Cuánto ánimo produjo en aquellos creyentes saber que eran la esperanza, la corona, el gozo y la gloria del apóstol.

En aquellos días, había dos tipos reconocidos de coronas. Una era la diadema real, símbolo de autoridad y majestad. Otra era una corona olímpica, símbolo de victoria y celebración que se concedía a los vencedores en los juegos realizados por los antiguos griegos en la ciudad de Olimpia. Esta segunda corona consistía en un entramado de ramas de laurel.

Pablo no se refiere aquí a la corona de justicia que el Señor dará en su venida sino ala guirnalda de victoria. La corona de Pablo es una guirnalda de laurel por la victoria de sus conversos.

Elena de White dice que "se nos permite unirnos con él en la gran obra de redención y participar con él de las riquezas que ganó por las aflicciones y la muerte" (El discurso maestro de Jesucristo, p. 77) y que “la evidencia de su apostolado está escrita en los corazones de sus conversos y atestiguada por sus vidas renovadas. Cristo se forma en ellos como la esperanza de gloria” (Los hechos de los apóstoles, p. 264).

Si nuestra guirnalda de gloria es la honra de salvar personas para Jesús, en breve el Señor cambiará el laurel perecedero y frágil por la diadema imperecedera y eterna.

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